Blog que reproduce lo que Adrián de Loyarte (Cronista de la Ciudad) escribió de un período de la Ciudad comprendido entre 1900 y 1950, es decir, la primera mitad del siglo XX.
sábado, 4 de abril de 2020
viernes, 3 de abril de 2020
CONTINÚA EL ENSANCHE DE LA ZURRIOLA
CONTINÚO EL ENSANCHE DE LA ZURRIOLA
LA DESCRIPCIÓN del proceso del ensanche de la Zurriola, ha despertado en muchos lectores míos, un gran interés. Me solicitan continúe y amplíe todo cuanto yo pueda hacerlo en tan interesante como ya histórico tema. No puedo negarme. Con mucho gusto voy a complacerles. Y seguiré escribiendo sobre la Zurriola.
El ensanche de la Zurriola, como el del Antiguo, el de Ategorrieta, el de Amara y los demás, no ha sido más que la audacia en la continuidad urbanística, del genio de la ciudad donostiarra. De sus Ayuntamientos a través de los años.
La frase del forastero de que en San Sebastián se encontraba todos los años alguna cosa nueva, era hasta hace poco una gran verdad.
El ensanche de la Zurriola, a pesar de sus graves errores, y no lo digo para que nadie se moleste, sino como mera y objetiva opinión, ha sido una obra audaz. Una iniciativa genial. Y una propulsión vital en la progresión acaudalada de una Ciudad. En esto no puede haber duda.
Cuando el Ayuntamiento encontró en su día a miter Vogel, éste se asustó ante la magnitud de la obra. No contaría con los medios económicos y técnicos para realizarla y la abandonó. El problema, además, era de suyo muy complejo, y dependía de ulteriores factores; todos ellos importantísimos. Es lo cierto que el Ayuntamiento se desprendió del citado mister Vogel. Por incumplimiento de contrato, caducó la concesión.
Peo una empresa residente en París. Desconocida en la Ciudad. La de los señores don León de Maleville y Consortes, se habían enterado de la caducidad de la concesión. Y sin pérdida de tiempo formula la proposición. Al final no fue más que el propio señor Malleville. Garantiza el cumplimiento de las responsabilidades que se derivaran de la concesión pretendida. Y acepta en principio la transmisión de la concesión, otorgada al Ayuntamiento por Real Orden del día 7 de abril de 1907, y como era natural, a reserva de aceptar las bases definitivas que se aprobaran.
Pues bien; vamos a seguir con esta nueva fase del problema. San Sebastián sigue paso a paso , como ahora mis amables lectores, todo el nuevo proceso del ensanche de la Zurriola. No fue sólo San Sebastián. Una gran parte de la opinión española y también extranjera, seguía preocupada por la continuidad y solución de la reforma genial.
LA DESCRIPCIÓN del proceso del ensanche de la Zurriola, ha despertado en muchos lectores míos, un gran interés. Me solicitan continúe y amplíe todo cuanto yo pueda hacerlo en tan interesante como ya histórico tema. No puedo negarme. Con mucho gusto voy a complacerles. Y seguiré escribiendo sobre la Zurriola.
El ensanche de la Zurriola, como el del Antiguo, el de Ategorrieta, el de Amara y los demás, no ha sido más que la audacia en la continuidad urbanística, del genio de la ciudad donostiarra. De sus Ayuntamientos a través de los años.
La frase del forastero de que en San Sebastián se encontraba todos los años alguna cosa nueva, era hasta hace poco una gran verdad.
El ensanche de la Zurriola, a pesar de sus graves errores, y no lo digo para que nadie se moleste, sino como mera y objetiva opinión, ha sido una obra audaz. Una iniciativa genial. Y una propulsión vital en la progresión acaudalada de una Ciudad. En esto no puede haber duda.
Cuando el Ayuntamiento encontró en su día a miter Vogel, éste se asustó ante la magnitud de la obra. No contaría con los medios económicos y técnicos para realizarla y la abandonó. El problema, además, era de suyo muy complejo, y dependía de ulteriores factores; todos ellos importantísimos. Es lo cierto que el Ayuntamiento se desprendió del citado mister Vogel. Por incumplimiento de contrato, caducó la concesión.
Peo una empresa residente en París. Desconocida en la Ciudad. La de los señores don León de Maleville y Consortes, se habían enterado de la caducidad de la concesión. Y sin pérdida de tiempo formula la proposición. Al final no fue más que el propio señor Malleville. Garantiza el cumplimiento de las responsabilidades que se derivaran de la concesión pretendida. Y acepta en principio la transmisión de la concesión, otorgada al Ayuntamiento por Real Orden del día 7 de abril de 1907, y como era natural, a reserva de aceptar las bases definitivas que se aprobaran.
Pues bien; vamos a seguir con esta nueva fase del problema. San Sebastián sigue paso a paso , como ahora mis amables lectores, todo el nuevo proceso del ensanche de la Zurriola. No fue sólo San Sebastián. Una gran parte de la opinión española y también extranjera, seguía preocupada por la continuidad y solución de la reforma genial.
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ALMA DEL PUENTE DE LA ZURRIOLA
ALMA DEL PUENTE DE LA ZURRIOLA
CUANDO se construyó el puente de la Zurriola, el llamado durante una centuria barrio de Gros, había evolucionado radicalmente. Fue su primera innovación, aquella modalidad de inolvidables y bellas construcciones. Villas y palacetes que airosos y sonrientes se levantaban al borde del mar azul, y que parecían una pauta. La de la continuación hasta empalmar con el paseo de Ategorrieta.
Era la iniciación de la verdadera ciudad-jardín, que hubiese permitido la nueva extensión de una playa, compitiendo en belleza con la de la Concha. La ornamentación paisajista del monte Ulía, y la definitiva consagración del San Sebastián admirablemente turístico; distinguido y competidor de las poblaciones más bellas de Europa.
Pero no ha sido así. Se orientó hacia un caudaloso urbanismo. Se hizo de un arenal, una urbe fuertemente construída y habitada, y el antiguo barrio de Gros es, por la gran cantidad de catalanes que lo habitaban durante la Cruzada, lo que los refugiados llamaron la "Barseloneta"
De haber continuado, la belleza de playa y jardines con palacetes y villas, San Sebastián, desde la izquierda del puente de Santa Catalina hasta el alto de Miracruz, hubiera sido la incomparable ciudad. Con una bella playa -la segunda de la capital- y un fondo como el de la montaña de Ulía, lugar imponderable, de poesía y de ensueño. Pero todo aquel proyecto se derrumba. Lo útil y lo bello triunfó sobre lo bello y lo ideal.
Sigue por barrio de Gros. Nuevo aspecto de ciudad, distinto al anterior San Sebastián, con audacia de construcción. Importantes manzanas de grandes edificaciones. Ciudad desconocida para los antiguos. De asombro. Una nueva riqueza material al conjuro de millares y nuevos habitantes; sin crecimiento natural de la Ciudad, y una arteria más de sangre nueva que va a desembocar con la carretera de Ategorrieta y con su barrio, de tan animados jardines y construcciones.
Pues bien, desde el final del paseo de la antigua Alameda y final también de la calle Reina Regente, comienza la comunicación del puente de la Zurriola. Y aquí tenemos ya un hecho histórico. Sucesos y manifestaciones colectivas que se van desarrollando a medida que el hombre efectúa su creación cultural.
La apertura de un barrio a través de un puente, y más cuando aquel es populoso, tiene la misma importancia en el orden social que la misma cultura; ya que el arte humano, como factor histórico, se enlaza con todos los demás factores fundamentales de aquella cultura.
La ciudad de San Sebastián lleva a cabo una de las empresas más audaces. Arrancó al mar importantísimos baluartes y los sepulta. Cuando no pudo salir a la superficie
CUANDO se construyó el puente de la Zurriola, el llamado durante una centuria barrio de Gros, había evolucionado radicalmente. Fue su primera innovación, aquella modalidad de inolvidables y bellas construcciones. Villas y palacetes que airosos y sonrientes se levantaban al borde del mar azul, y que parecían una pauta. La de la continuación hasta empalmar con el paseo de Ategorrieta.
Era la iniciación de la verdadera ciudad-jardín, que hubiese permitido la nueva extensión de una playa, compitiendo en belleza con la de la Concha. La ornamentación paisajista del monte Ulía, y la definitiva consagración del San Sebastián admirablemente turístico; distinguido y competidor de las poblaciones más bellas de Europa.
Pero no ha sido así. Se orientó hacia un caudaloso urbanismo. Se hizo de un arenal, una urbe fuertemente construída y habitada, y el antiguo barrio de Gros es, por la gran cantidad de catalanes que lo habitaban durante la Cruzada, lo que los refugiados llamaron la "Barseloneta"
De haber continuado, la belleza de playa y jardines con palacetes y villas, San Sebastián, desde la izquierda del puente de Santa Catalina hasta el alto de Miracruz, hubiera sido la incomparable ciudad. Con una bella playa -la segunda de la capital- y un fondo como el de la montaña de Ulía, lugar imponderable, de poesía y de ensueño. Pero todo aquel proyecto se derrumba. Lo útil y lo bello triunfó sobre lo bello y lo ideal.
Sigue por barrio de Gros. Nuevo aspecto de ciudad, distinto al anterior San Sebastián, con audacia de construcción. Importantes manzanas de grandes edificaciones. Ciudad desconocida para los antiguos. De asombro. Una nueva riqueza material al conjuro de millares y nuevos habitantes; sin crecimiento natural de la Ciudad, y una arteria más de sangre nueva que va a desembocar con la carretera de Ategorrieta y con su barrio, de tan animados jardines y construcciones.
Pues bien, desde el final del paseo de la antigua Alameda y final también de la calle Reina Regente, comienza la comunicación del puente de la Zurriola. Y aquí tenemos ya un hecho histórico. Sucesos y manifestaciones colectivas que se van desarrollando a medida que el hombre efectúa su creación cultural.
La apertura de un barrio a través de un puente, y más cuando aquel es populoso, tiene la misma importancia en el orden social que la misma cultura; ya que el arte humano, como factor histórico, se enlaza con todos los demás factores fundamentales de aquella cultura.
La ciudad de San Sebastián lleva a cabo una de las empresas más audaces. Arrancó al mar importantísimos baluartes y los sepulta. Cuando no pudo salir a la superficie
viernes, 20 de junio de 2014
EL "MIRÓN" DE LA CALLE MAYOR
PLAZAS Mayores de España y calle Mayor; sois las rosasde las calles. Y como la Reina de las flores, las de mayor fragancia de Cíudades. Cíudad sin calle Mayor, es pueblo sin color y cuadro sin luz. Pueblo sin plaza Mayor, es flor sin aroma. Calles típícas, y solemnes. Las de los pasos de procesiones y solemnidades de fiestas.
Así fué nuestra Calle Mayor. La de ayer. Así es la de hoy. Pero la nuestra la preside un mirón. Que no pierde hora ní mínuto, sin contar a los donostiarras, todos los sucesos del día. Todas las horas de la noche. Todas las penas y todas las alegrías. Es el mirón de mirada penetrante, que llega hasta lo más hondo de la vida de la calle Mayor. Mira y se calla. Pero el mirón lo dice todo y lo cuenta todo. Y es inútil que nadie que entre y pasee por su <asfalto», pretenda sustraerse de su ínnata observación.
Tiene alma de leyenda con hístoría de añoranza. Y cuando alguien quiere recordar toda la vida que pasó, son sus latidos, flores de poesía y capullos de jardín. De la vida antigua, lo sabe
todo. De la moderna, mucho más. Ni ignora cómo sucedió aquello, ni nadie le da lecciones de lo que es esto. Señaló pasos de
Reyes, Príncipes y grandes de todo el mundo, a la hora justa que
debieran entrar y pudiesen salír. Es el mírón histórico. Porque si
este mirón, así como mira pudiese hablar, nos contaría la historía
mejor contada de las mayores solemnidades que pudo admírar
toda nuestra calle Mayor.
Porque vió y contó el primer minuto en que las puertas de la
Iglesia de Santa María se abrieron al culto, desde el primer día
de su bendita inauguración. Sabe las personalidades que, por
prímera vez, subieron los peldaños de su atrio secular. Y el Clero
que, por prímera vez, pasó también al presbiterio, ricamente
alfombrado, del nuevo Altar Mayor.
Fué el que vió cómo se hízo la nueva calle Mayor; y no se
cubre con sombrero ni lleva traje talar. Es un mirón que de
noche y de día, habla con todos sus amigos del antiguo San
Sebastián. Y si le falta algo que contar, es que ha pasado una
ligera enfermedad. Pero repuesto en pocas horas, vuelve otra
vez a contar. Y no hay suceso que se le escape, ni epísodio que
deje de narrar.
El sabe lo que sucedió en la calle Mayor, cuando llegaron a
San Sebastián los soldados del General Wellinglon. Y desde sus
altos campanaríos disparaban sin cesar. El, saludó a Alfonso XII,
cuando llegó a San Sebastián. Y a Amadeo. Y a Narváez, cuando pasaron por la calle. Y estuvo bien presente al precíso minuto en
que la Reina Isabel II entró y salió del Parador Real. Y cuando
Castelar, con su eucologio bajo el brazo recordando un mísal,
entraba puntual y devoto por la gran puerta de nuestra Iglesia Mayor.
Ordena la entrada solemne de todas nuestras Corporaciones.
Cuando suenan sus clarines y retumban los clásicos timbales. Es
un mírón tan celoso de la puntualidad, que ordena la salida del
Real Palacio de Miramar, de la Reina María Cristina, que es el
recuerdo más vivo de todo San Sebastián. Del Rey Alfonso XIII, y de toda la Corte en nuestra Ciudad.
Cuando Su Majestad, bajo palio, entra en la Iglesía de la
Patrona de la Ciudad, la preside con
su mírada de matemática
puntualidad. ¡Qué número de bodas no ha presenciado! ¡Qué
cantidad
de
bautizos,
no
ha
ordenado!,
y
de
responsos
que
ha
escuchado. Y, lo que es más notable, todo el mundo le obedece.
Ni nadie protesta. Ni menos desobedece. Y es el caso que, como
gran mirón, observa y curiosea toda la vida de la calle Mayor.
Mira a la calle. Se introduce en los portales y sube por todos
los pisos. Como los espíritus, penetra por las puertas y paredes, y llega hasta la alcoba matrimonial. Nadie le cierra el paso. Ni de
noche ni de día. Ní a nadie estorba. Ni se enfada con nadie. Es
un simpático mirón, atendido y festejado por amigos y enemigos. A pesar de ser su mirada del más impertinente camastrón. Muy
cerca de él, está la Iglesia de Santa María,
y tampoco está lejos de los dos Conventos. Del de Santa Teresa y San Telmo. Escucha
el sonido de sus campanas de bienaventuranzas; pero con ser
mayores, de estatura parroquial, ni las cede el puesto, ni les deja
de mirar. Porque es él, quien mira y ordena, cuando las campanas han de voltear.
Y si alguna vez el campanero se olvida de que su gesto es el
que le ha de ordenar, hace suspender el volteo, para esperar el
mandato de su voz. Y no cambia. La voz es siempre la misma.
Ni energía de mando. Ni tono de autorídad. Es una simple
llamada de atención. Golpecitos a los oídos. Golpecitos. Eso es
todo. Su voz es, de noche, poesía. Y de día, meditación. Nadie
como este mirón de la calle Mayor podrá contar las antiguas
salidas de las Mísas de doce en Santa María. Las elegantes señoras donostiarras. Y la señoril animación del atrio bendecido. Las
marchas militares de aquellos regimíentos que, en lucidísíma
formación, entraban en la Iglesía. Y era esto, cuando la Misa
militar dominguera, despertaba toda la atención del pueblo
de San Sebastián.
Y es de oír lo que nos cuenta el mirón de la calle Mayor.
Cuando aquel Teatro Principal era la expansión de la sociedad
donostiarra, y a media noche ordenaba aquel desfile de las familias hacia sus hogares, entre cientos de luces de farolillos y sirvientas, que así esperaban a sus señores.
Cuando su armóníca voz, hacía que resonase la de los famosos serenos, que cantaban las horas durante la noche. «¡Ave María Purísima!... ¡Las doce... ¡Y sereno!...». Y en las esquínas de
sus calles, las parejas amorosas se hacían sordas, ante sus insinuantes llamadas. Cuando se abrían y cerraban sus puertas, y el
vecíndarío escuchaba su voz, en medio del más profundo de los
silencios.
¡Oh!, mirón. Indiscreto de la calle Mayor. De todas sus fiestas
y de toda su vida popular. De sus luchas políticas. Que ni aun
hoy, a nadie respetas; ni nadie puede pasar sin que tu mirada,
caiga sin piedad sobre la vida donostiarra.
Pero ¿quién eres tú, mírón de la calle Mayor, de tanto poder,
que nadie se atreve a denuncíarte? ¿Ní nadie, de tus impertinencías se queja? Y en cambio cuando, a mediados del siglo pasado,
dabas unos golpecitos en las frentes donostiarras, las famílias se
descubrían, y aquellas familias rezaban. Y no era una vez, síno
dos y tres veces al día. Se descubrían y decían el Angelus. Y las
Procesiones del día del Corpus. Las Procesíones de Semana
Santa. Los Gremios y Cofradías. Los estandartes y banderas,
todos pasaban y los mirabas tú, indiscreto mirón. Con tu ojazo
círcunferencial, contínuabas siendo mirón.
Mirón. Mirón de la calle Mayor. Que has llamado a todas las
gentes. Que has oído todas las músicas. Que has escuchado a
todos los orfeones. Y has llamado a todas las orquestas. Y despóticamente los has llamado, cuando a ti más te convenía, y tú
les hablabas de añoranzas. En todo tiempo y a todas horas. De
noche y de día. Con el calor del estío y las heladas del invierno. Bajo los rayos del Sol y el misterio de las dístintas claridades
de la Luna.
Con galernas y temporales, para tí, da lo mísmo. Ni tienes
frío, ni te importa el calor, ni... la vergűenza. Sigues con tu inaudito descaro y observando hasta el paso de las nubes que vagan
por el Cielo. Porque ni ellas, desde lo alto, pueden prescindir de
ti, cuando las míras con el ojo mirón de tu vída secular. Y cuando tantas cosas viste. Cuando tanto puedes contar de toda la
bella y dulce melodía de la vida donostíarra. Cuando tanto sabes.
Cuando tanto nos puedes decír, a todos y por todos, confiésanos, por lo menos, quien eres tú. Pues aunque te hayas resistido,
te hemos descubierto. Pues aunque no lo quieras, estamos en el
secreto. Nos lo han descubierto tus mismos vecínos. Tus amigos
más cercancs. Los que también a ti, de reojo te miran, entre la
vida ornamental de unas piedras sagradas.
Eres mírón; iy te llaman reloj! Reloj de la Iglesia de Santa
María. Santa María la Mayor. Que preside también la misma calle
Mayor. Y como reloj, tienes armonía y alma de canción. Y como
ya de tí, no se habla más, te despido, diciéndote:
¡Mirón! Reloj de Santa María. Pedazo de nuestra hístoria.
Duendecillo y mirón. Eres reloj, de Santa María, el mirón, simpático mirón, de una de las calles más típicas, de la tacita de plata»
del renacimiento de San Sebastián.
(Adrián de Loyarte)
sábado, 3 de enero de 2009
LOS PUENTES DE LA CIUDAD DE SAN SEBASTIÁN: SANTA CATALINA Y MARÍA CRISTINA
SON los puentes, fábricas de piedra, hierro, ladrillo o
madera. Sirven para que, por debajo, pasen los ríos.
Para que se faciliten y allanen las comunicaciones, de pueblo a
pueblo; de lugar a lugar, o de nación a nación.
A través del mundo, los puentes son también motivo de ornamentación artística y lujosa. Y ellos han contribuído al progreso
moral y material de los pueblos. A sus fáciles comunicaciones.
Al conocimiento de individuos, familias y grupos de naciones,
los puentes y vías romanos son eterno recuerdo, a través de los
siglos, de una de las más gloriosas historías de sus municipios.
San Sebastián debe la primera etapa de su vitalidad, al primer
puente de madera, que desafiando el empuje de los furiosos
embates del mar de la Zurriola, aseguró las comunicaciones, provinciales e internacionales. Era aquel puente, completamente rudimentario. Los antiguos Ayuntamientos, se veían obligados a
reformarlo y arreglarlo, porque los elementos del mar y de las
olas, lo iban destruyendo. Pero se llegó a sustituir la madera, por
la piedra y el mármol, y así surgió el primer puente de Santa
Catalina, que es todavía, el mejor y más bello puente que San
Sebastián puede ostentar.
Pero nuestra Ciudad avanzaba hacia el lado de Amara. А
medida que se hacía el relleno del río, se iba ganando en tierra, y hubo necesidad de otro puente. Fué el puente de madera. Se
le llamaba y se le conocía, por el puente «provisional». Porque
provisionales fueron también sus servicios. Y unía la distancia
que medíaba entre la estación del Ferrocarril del Norte y el otro
lado del río, que comenzaba en el paseo de los Fueros.
De haberse realizado el primer proyecto de San Sebastián, el
paseo de los Fueros hubiese sido el principio de una segunda
Avenida, más ancha todavía que la actual, que llegase hasta la
Concha, para empalmar con la carretera del Antiguo. No se
hubiese construído ni la plaza de Bilbao, ni la calle de San Martín, sino simultáneamente la gran Avenida. Pero no fué así. Se
trazó otro plan, y hoy tenemos una calle, en lugar de una
Avenida.
El puente provisional» sirvió, durante muchos años, para
facilitar las comunicaciones entre el Ferrocarril del Norte, y toda
la barríada del ensanche de Amara. Pero pasaban muchos años.
Aquel puente de madera, era indecoroso para San Sebastián.
Y no se construía otro. Barrios tan importantes como los de San
Martín y Amara, exigían un digno complemento ornamental a
todas sus construcciones.
Por fin se llegó a un concierto entre el Ayuntamiento y la
Caja de Ahorros Municipal. El año de 1905, se soluciona el problema, años antes planteado. Por gestiones llevadas con gran
acierto por ambas entidades, la Junta de Gobierno de la Caja de
Ahorros Municipal, ofrece la suma de setecientas mil pesetas, sin
interés y reembolsable en cien años. Cierto que la modalidad del
préstamo, llamó la atención entre las gentes de finanzas; pero la
Caja de Ahorros Municipal dispuso de aquella suma, debido a un rigor administrativo, ejercido durante cerca de un cuarto
de siglo.
El capital no podía entregarse a otra entidad de mayor
garantía; y la necesidad de un puente, en el progreso de San
Sebastián, era imperiosa. Prueba del acierto fué que, cuando se
supo la noticia, el pueblo todo exteriorizó su júbilo. Y los barrios
de San Martín y Amara, vieron colmados aquellos anhelos
suyos, en la vida urbanística de la Ciudad.
Es el 15 de septiembre de 1903. La sesión del Ayuntamiento
de esta fecha fué históricamente memorable. La oferta de la Caja
de Ahorros, se acogió con gran simpatía, y el pueblo de San
Sebastián tríbutó un aplauso caluroso a las dos entidades administrativas. En pocos días, el Municipic donostiarra redacta las
bases del concurso, para la construcción del nuevo puente. Había de llevar el carácter de monumental. Uníría las comunicaciones
directas entre la estación del Ferrocarril del Norte, por la que
desembocarían todos los víajeros nacionales e internacionales, y el ensanche de Amara, San Martín, y toda la Concha con el
barrio del Antiguo.
El puente había de tener veinte metros de anchura. Dos
metros, treinta centímetros, de altura del paso del Urumea de la
margen izquierda, sobre la pleamar equinoccial. La distancia
entre los muelles, de ochenta y ocho metros. Y el presupuesto,
como límite superior, el importe de quinientas mil pesetas.
Difundida la noticia por la capital de la nación y las más
importantes ciudades de la península, fueron los mejores ingenieros y arquitectos los que presentaron sus proyectos. Ascendieron
éstos a catorce. Se nombró un Jurado. En poco tiempo, emitió su
dictamen. Y el Ayuntamiento, en su sesión del 10 de diciembre
de 1903, en vista de aquel fallo, acordó adjudicar el primer premio, de cinco mil pesetas, al ingeniero de caminos don Eugenio
Ribera, que presentó su proyecto, juntamente con la colaboración del arquitecto don Julio María Zapata.
El segundo premio ascendía a tres mil pesetas, y fué otorgado
a trabajos de los ingenieros de caminos, don Vicente Machimbarrena y don Miguel Otamendi, con los arquitectos don Antonio
Palacios y don Joaquín Otamendi. Estos presentaron el proyecto
«Laurak Bat», precioso bajo todos los aspectos.
Con este resultado, el ingeníero señor Ribera, quedó obligado por decisión intrínseca del Jurado, a introducir algunas modificaciones en el proyecto por él presentado. Y cuando llegó la sesión
del Ayuntamiento, del 15 de mayo de 1904, se aprueba el informe de proyecto, modificado. Y resulta un presupuesto de setecientas dos mil, doscientas diez y siete pesetas. Como el puente
iba ornamentado con cuatro obeliscos, completamente terminados, sólo éstos, ascienden a la cifra de noventa y seis mil, setecientas setenta pesetas.
Pues bien; San Sebastián ya había decidido el definitivo
puente, sobre el río Urumea. Se abriría una arteria, que había de
recibir todo el torrente circulatorio de la sangre nueva de la vida
progresiva de la Ciudad. Al puente de Santa Catalina, de piedra
eterna y bello construir del siglo anterior, había de seguir el
nuevo puente, fruto de la industría e ingeniería modernas. Los
dos puentes cristalizan dos nuevas culturas y dos distintos aspectos. La de la naturaleza en píedra que brota de la cantera, por
impulso natural del trabajo directo del hombre. Y la de la gran
industria; de la invención del progreso humano, que rompe hasta
el corazón de las montañas y, por obra de la evolución de un
sistema, convierte la piedra, en una cal hídráulica, sería competidora de la misma naturaleza y del mismo poder de su entraña.
El puente de piedra, que desafía los siglos, y al hacer histórica su
obra, es invencible como la roca. Y el puente de cemento armado, perecedero como el mismo hombre, porque los dos mueren. Y todavía está por empezar a escribírse su hístoria.
Son, además, los dos puenles, dos épocas de la vida de San
Sebastián. La época que nace, y al nacer fundamenta su vida en
una base inconmovible; con las calles anchas. Sus vías urbanísticamente higiénicas; la altura magistralmente calculada de sus
casas. Con la belleza de sus jardines y arboledas; tónico con que
la Ciudad se conforta, con el aire embalsamado, de un bosque
de pinos. Y esta otra época, que, cual el elemento que integra el
nuevo puente, es una argamasa heterogénea, careciendo de
aquella otra fecunda en vitalidad, porque le falta el espíritu con
la que la primera nació. Dos puentes. Dos civilizaciones. Dos
épocas. Dos historias. Y con todo ello, la mente y el corazón del
hombre. Pero distintamente aplicadas. Y como el mar, en dos
distintos movimientos.
El puente de Santa Catalina fué bautizado con este nombre,
como continuación del barrio de Santa Catalina. Que hasta 1719,
existe con aquella Iglesia parroquíal, destruída durante el sitio de
las tropas del Mariscal Berwick; así como el Hospital. Fué la Iglesia de la Orden de los Templarios, que perteneció después a la
Orden de San Juan. Templo donde se celebraban todas sus funciones religiosas, no sólo del Consulado de San Sebastián, sino
del gremio de mareantes, que posteriormente tuvo su altar, en la
actual Iglesia de Santa María.
El nombre del nuevo puente, lo acuerda el Ayuntamiento.
También tiene su historia. La de una vida. Se reúne la Corporación Municipal el día 13 de diciembre de 1904. No hay discusión. Considera que es un deber de justícía que se bautice con el nombre augusto de María Cristina, y así se acuerda. El puente de
María Cristina es, en el recuerdo, un tributo de respeto y reconocimiento. De respeto, a la realeza. De reconocimiento, a una
Reina que dió a la Ciudad de San Sebastián, el más alto de los
prestigios. Que la amó y la protegió. Y, por rara unanimidad en
aquellos Ayuntamientos de ideales contrapuestos, se acordó así.
Llega el día 20 de enero del año 1905. Es el día de San Sebastián. Y el nuevo puente de María Cristina se inaugura con toda
solemnidad. naite
Es el puente de los nuevos métodos. Del invento constructivo
de la mente humana. Del avance de la cultura en la ingeniería
civil. No es la novedad por ser novedad, sino porque el hombre
lo ha creado para un progreso material, que lo entiende como
bien de la humanidad. Es la obra de una síntesís en el progreso.
Y una sindéresis colectiva en la aplicación. No tendrá la duración
de lo eterno, pero sí la novedad en el íngenio humano.
2Los artífices que realizaron la obra de un puente, no tomaron
la piedra y la címentaron, la trabajaron, la tallaron y la ornamentaron. Mezclaron los elementos, y con arreglo a teorías desconocidas ayer, borraron las ideas de la cultura de la piedra. Asimilaron elementos nuevos de energía. Y pensaron en la idea antes
que en el sentimiento. La históríca constructíva desapareció.
Como la Ciudad de San Sebastián, en el principio de Ciudad
moderna; optó síempre por el adelanto y por la novedad, el puente de María Cristina, como tal, interpretó cabalmente, el pensamiento de la vida urbanística de aquellos Ayuntamientos. El
reinado de la novedad en todo. Puente de Santa Catalina, con
levita, sombrero de copa, guantes y bastón con puño de plata.
Alta la frente sobre cuello de alba brillantez.
Puente de María Cristina; chaquet, y sombrero hongo en iniciación de decadencia. Paso al sombrero flexible, sobre cabezas
de cuello blando y de color. Frente a la Autoridad, libertad mal
entendida.
Y fueron de júbilo las fiestas que San Sebastián celebró.
Era entonces Alcalde de la Ciudad, don José Elósegui. Pronunció un discurso en el acto de la inauguración. En nombre de
Su Majestad la Reina María Cristina de Habsburgo-Lorena, corta
el cordón de flores, que cerraba las entradas del puente. Las
bandas de música preludian los prímeros compases de la Marcha
Real. El Orfeón Donostiarra canta un himno a San Sebastián con
los alumnos de la Academia Municipal de Música, y la Ciudad
comienza, con aquellos actos, la serie de fiestas conmemorativas
de la inauguración.
Fiesta religiosa en la Parroquia de Santa María, con la inauguración del nuevo muelle. Distribución de cinco premios a los
cinco obreros que más se distinguieron en los trabajos de ejecución del nuevo puente. En el salón de recepciones de la Casa
Consistorial se sirve un lunch. Pasan de trescientos los invitados.
Y en los puentes de Santa Catalina y María Cristina, las bandas populares de música, amenizan las últimas horas de la tarde.
Fuegos artificiales, y el paso de gracía operesca, el zezen-zusko,;
número obligado en todas las fiestas del donostiarrísmo, auténtico; callejero, recóndito, de barrío, apoteósico y clamoroso; un
poco detonante; pero original, divertido y muy «coshquero».
(Adrián de Loyarte)
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