viernes, 3 de abril de 2020

LA CARIDAD Y LA CULTURA EN LOS ANTIGUOS AYUNTAMIENTOS.

A TRAVÉS DEL PAISAJE GUIPUZCOANO, EL TREN REAL ENTRA POR LAS CALLES DE SAN SEBASTIÁN

INAUGURACIÓN DEL FERROCARRIL ELÉCTRICO DEL UROLA - SU ENTRADA POR LAS CALLES DE LA CIUDAD DE SAN SEBASTIÁN

SEMBLANZA DE DON JOSÉ ARANA - LA NUEVA EMPRESA DE LA PLAZA DE TOROS

CONTINÚA EL ENSANCHE DE LA ZURRIOLA

CONTINÚO EL ENSANCHE DE LA ZURRIOLA

LA DESCRIPCIÓN del proceso del ensanche de la Zurriola, ha despertado en muchos lectores míos, un gran interés. Me solicitan continúe y amplíe todo cuanto yo pueda hacerlo en tan interesante como ya histórico tema. No puedo negarme. Con mucho gusto voy a complacerles. Y seguiré escribiendo sobre la Zurriola.
El ensanche de la Zurriola, como el del Antiguo, el de Ategorrieta, el de Amara y los demás, no ha sido más que la audacia en la continuidad urbanística, del genio de la ciudad donostiarra. De sus Ayuntamientos a través de los años.
La frase del forastero de que en San Sebastián se encontraba todos los años alguna cosa nueva, era hasta hace poco una gran verdad.
El ensanche de la Zurriola, a pesar de sus graves errores, y no lo digo para que nadie se moleste, sino como mera y objetiva opinión, ha sido una obra audaz. Una iniciativa genial. Y una propulsión vital en la progresión acaudalada de una Ciudad. En esto no puede haber duda.
Cuando el Ayuntamiento encontró en su día a miter Vogel, éste se asustó ante la magnitud de la obra. No contaría con los medios económicos y técnicos para realizarla y la abandonó. El problema, además, era de suyo muy complejo, y dependía de ulteriores factores; todos ellos importantísimos. Es lo cierto que el Ayuntamiento se desprendió del citado mister Vogel. Por incumplimiento de contrato, caducó la concesión.
Peo una empresa residente en París. Desconocida en la Ciudad. La de los señores don León de Maleville y Consortes, se habían enterado de la caducidad de la concesión. Y sin pérdida de tiempo formula la proposición. Al final no fue más que el propio señor Malleville. Garantiza el cumplimiento de las responsabilidades que se derivaran de la concesión pretendida. Y acepta en principio la transmisión de la concesión, otorgada al Ayuntamiento por Real Orden del día 7 de abril de 1907, y como era natural, a reserva de aceptar las bases definitivas que se aprobaran.
Pues bien; vamos a seguir con esta nueva fase del problema. San Sebastián sigue paso a paso , como ahora mis amables lectores, todo el nuevo proceso del ensanche de la Zurriola. No fue sólo San Sebastián. Una gran parte de la opinión española y también extranjera, seguía preocupada por la continuidad y solución de la reforma genial.

ALMA DEL PUENTE DE LA ZURRIOLA

ALMA DEL PUENTE DE LA ZURRIOLA

CUANDO se construyó el puente de la Zurriola, el llamado durante una centuria barrio de Gros, había evolucionado radicalmente. Fue su primera innovación, aquella modalidad de inolvidables y bellas construcciones. Villas y palacetes que airosos y sonrientes se levantaban al borde del mar azul, y que parecían una pauta. La de la continuación hasta empalmar con el paseo de Ategorrieta.
Era la iniciación de la verdadera ciudad-jardín, que hubiese permitido la nueva extensión de una playa, compitiendo en belleza con la de la Concha. La ornamentación paisajista del monte Ulía, y la definitiva consagración del San Sebastián admirablemente turístico; distinguido y competidor de las poblaciones más bellas de Europa.
Pero no ha sido así. Se orientó hacia un caudaloso urbanismo. Se hizo de un arenal, una urbe fuertemente construída y habitada, y el antiguo barrio de Gros es, por la gran cantidad de catalanes que lo habitaban durante la Cruzada, lo que los refugiados llamaron la "Barseloneta"
De haber continuado, la belleza de playa y jardines con palacetes y villas, San Sebastián, desde la izquierda del puente de Santa Catalina hasta el alto de Miracruz, hubiera sido la incomparable ciudad. Con una bella playa -la segunda de la capital- y un fondo como el de la montaña de Ulía, lugar imponderable, de poesía y de ensueño. Pero todo aquel proyecto se derrumba. Lo útil y lo bello triunfó sobre lo bello y lo ideal.
Sigue por barrio de Gros. Nuevo aspecto de ciudad, distinto al anterior San Sebastián, con audacia de construcción. Importantes manzanas de grandes edificaciones. Ciudad desconocida para los antiguos. De asombro. Una nueva riqueza material al conjuro de millares y nuevos habitantes; sin crecimiento natural de la Ciudad, y una arteria más de sangre nueva que va a desembocar con la carretera de Ategorrieta y con su barrio, de tan animados jardines y construcciones.
Pues bien, desde el final del paseo de la antigua Alameda y final también de la calle Reina Regente, comienza la comunicación del puente de la Zurriola. Y aquí tenemos ya un hecho histórico. Sucesos y manifestaciones colectivas que se van desarrollando a medida que el hombre efectúa su creación cultural.
La apertura de un barrio a través de un puente, y más cuando aquel es populoso, tiene la misma importancia en el orden social que la misma cultura; ya que el arte humano, como factor histórico, se enlaza con todos los demás factores fundamentales de aquella cultura.
La ciudad de San Sebastián lleva a cabo una de las empresas más audaces. Arrancó al mar importantísimos baluartes y los sepulta. Cuando no pudo salir a la superficie

RECUERDO A SEPÚLVEDA Y LAS COSTUMBRES DE LA CIUDAD DE SAN SEBASTIÁN A PRINCIPIOS DEL SIGLO XX

EL REY LEOPOLDO II EN SAN SEBASTIÁN - UNA MERIENDA "MUNICIPAL" A LOS NIÑOS .....

LOS AYUNTAMIENTOS DE LA CIUDAD DE SAN SEBASTIÁN APOYAN TODAS LAS MANIFESTACIONES DE LA CULTURA ESPAÑOLA

EL PASEO DE LA ZURRIOLA Y LA SOCIEDAD FOMENTO DE SAN SEBASTIÁN .......

MES DE SEPTIEMBRE - EL ARCO MEDIEVAL DEL HOSPITAL DE SAN LÁZARO, DEL BARRIO D SAN MARTÍN - ....

LAS CAMPANITAS DE SANTA TERESA - AQUEL ARTISTA MURILLO

EL PASEO DE LA AVENIDA DE LA LIBERTAD A LA CALLE ZUBIETA - MUERE EL DUQUE SOTOMAYOR-EL MURALLÓN DE LA ZURRIOLA

MARINOS Y TRAINERAS - CONCURSO HÍPICO CON MISIONES ARGENTINAS - LOS PASEOS DE COCHES

NUESTRO ANTIGUO BOULEVARD Y LA BANDA MUNICIPAL





LA PELOTA Y LOS PELOTARIS, CON LOS ANTIGUOS VERANEOS






DESDE LA AVENIDA DE LA REINA ISABEL II HASTA LA AVENIDA DE ESPAÑA






viernes, 20 de junio de 2014

DONOSTIARRISMO - ¿QUE ES DONOSTIARRISMO?








CUANDO SAN SEBASTIÁN SE CUBRÍA CON MANTO DE ARMIÑO.





PASEOS HISTÓRICO-SENTIMENTALES - EL PIROPO DE LA CIUDAD




EL "MIRÓN" DE LA CALLE MAYOR

PLAZAS Mayores de España y calle Mayor; sois las rosasde las calles. Y como la Reina de las flores, las de mayor fragancia de Cíudades. Cíudad sin calle Mayor, es pueblo sin color y cuadro sin luz. Pueblo sin plaza Mayor, es flor sin aroma. Calles típícas, y solemnes. Las de los pasos de procesiones y solemnidades de fiestas.

Así fué nuestra Calle Mayor. La de ayer. Así es la de hoy. Pero la nuestra la preside un mirón. Que no pierde hora ní mínuto, sin contar a los donostiarras, todos los sucesos del día. Todas las horas de la noche. Todas las penas y todas las alegrías. Es el mirón de mirada penetrante, que llega hasta lo más hondo de la vida de la calle Mayor. Mira y se calla. Pero el mirón lo dice todo y lo cuenta todo. Y es inútil que nadie que entre y pasee por su <asfalto», pretenda sustraerse de su ínnata observación.

Tiene alma de leyenda con hístoría de añoranza. Y cuando alguien quiere recordar toda la vida que pasó, son sus latidos, flores de poesía y capullos de jardín. De la vida antigua, lo sabe todo. De la moderna, mucho más. Ni ignora cómo sucedió aquello, ni nadie le da lecciones de lo que es esto. Señaló pasos de Reyes, Príncipes y grandes de todo el mundo, a la hora justa que debieran entrar y pudiesen salír. Es el mírón histórico. Porque si este mirón, así como mira pudiese hablar, nos contaría la historía mejor contada de las mayores solemnidades que pudo admírar toda nuestra calle Mayor. 

Porque vió y contó el primer minuto en que las puertas de la Iglesia de Santa María se abrieron al culto, desde el primer día de su bendita inauguración. Sabe las personalidades que, por prímera vez, subieron los peldaños de su atrio secular. Y el Clero que, por prímera vez, pasó también al presbiterio, ricamente alfombrado, del nuevo Altar Mayor. 

Fué el que vió cómo se hízo la nueva calle Mayor; y no se cubre con sombrero ni lleva traje talar. Es un mirón que de noche y de día, habla con todos sus amigos del antiguo San Sebastián. Y si le falta algo que contar, es que ha pasado una ligera enfermedad. Pero repuesto en pocas horas, vuelve otra vez a contar. Y no hay suceso que se le escape, ni epísodio que deje de narrar.

El sabe lo que sucedió en la calle Mayor, cuando llegaron a San Sebastián los soldados del General Wellinglon. Y desde sus altos campanaríos disparaban sin cesar. El, saludó a Alfonso XII, cuando llegó a San Sebastián. Y a Amadeo. Y a Narváez, cuando pasaron por la calle. Y estuvo bien presente al precíso minuto en que la Reina Isabel II entró y salió del Parador Real. Y cuando Castelar, con su eucologio bajo el brazo recordando un mísal, entraba puntual y devoto por la gran puerta de nuestra Iglesia Mayor. 

Ordena la entrada solemne de todas nuestras Corporaciones. Cuando suenan sus clarines y retumban los clásicos timbales. Es un mírón tan celoso de la puntualidad, que ordena la salida del Real Palacio de Miramar, de la Reina María Cristina, que es el recuerdo más vivo de todo San Sebastián. Del Rey Alfonso XIII, y de toda la Corte en nuestra Ciudad. 

Cuando Su Majestad, bajo palio, entra en la Iglesía de la Patrona de la Ciudad, la preside con su mírada de matemática puntualidad. ¡Qué número de bodas no ha presenciado! ¡Qué cantidad de bautizos, no ha ordenado!, y de responsos que ha escuchado. Y, lo que es más notable, todo el mundo le obedece. Ni nadie protesta. Ni menos desobedece. Y es el caso que, como gran mirón, observa y curiosea toda la vida de la calle Mayor.

Mira a la calle. Se introduce en los portales y sube por todos los pisos. Como los espíritus, penetra por las puertas y paredes, y llega hasta la alcoba matrimonial. Nadie le cierra el paso. Ni de noche ni de día. Ní a nadie estorba. Ni se enfada con nadie. Es un simpático mirón, atendido y festejado por amigos y enemigos. A pesar de ser su mirada del más impertinente camastrón. Muy cerca de él, está la Iglesia de Santa María, y tampoco está lejos de los dos Conventos. Del de Santa Teresa y San Telmo. Escucha el sonido de sus campanas de bienaventuranzas; pero con ser mayores, de estatura parroquial, ni las cede el puesto, ni les deja de mirar. Porque es él, quien mira y ordena, cuando las campanas han de voltear. 

Y si alguna vez el campanero se olvida de que su gesto es el que le ha de ordenar, hace suspender el volteo, para esperar el mandato de su voz. Y no cambia. La voz es siempre la misma. Ni energía de mando. Ni tono de autorídad. Es una simple llamada de atención. Golpecitos a los oídos. Golpecitos. Eso es todo. Su voz es, de noche, poesía. Y de día, meditación. Nadie como este mirón de la calle Mayor podrá contar las antiguas salidas de las Mísas de doce en Santa María. Las elegantes señoras donostiarras. Y la señoril animación del atrio bendecido. Las marchas militares de aquellos regimíentos que, en lucidísíma formación, entraban en la Iglesía. Y era esto, cuando la Misa militar dominguera, despertaba toda la atención del pueblo de San Sebastián. 

Y es de oír lo que nos cuenta el mirón de la calle Mayor. Cuando aquel Teatro Principal era la expansión de la sociedad donostiarra, y a media noche ordenaba aquel desfile de las familias hacia sus hogares, entre cientos de luces de farolillos y sirvientas, que así esperaban a sus señores.

Cuando su armóníca voz, hacía que resonase la de los famosos serenos, que cantaban las horas durante la noche. «¡Ave María Purísima!... ¡Las doce... ¡Y sereno!...». Y en las esquínas de sus calles, las parejas amorosas se hacían sordas, ante sus insinuantes llamadas. Cuando se abrían y cerraban sus puertas, y el vecíndarío escuchaba su voz, en medio del más profundo de los silencios. 

¡Oh!, mirón. Indiscreto de la calle Mayor. De todas sus fiestas y de toda su vida popular. De sus luchas políticas. Que ni aun hoy, a nadie respetas; ni nadie puede pasar sin que tu mirada, caiga sin piedad sobre la vida donostiarra. 

Pero ¿quién eres tú, mírón de la calle Mayor, de tanto poder, que nadie se atreve a denuncíarte? ¿Ní nadie, de tus impertinencías se queja? Y en cambio cuando, a mediados del siglo pasado, dabas unos golpecitos en las frentes donostiarras, las famílias se descubrían, y aquellas familias rezaban. Y no era una vez, síno dos y tres veces al día. Se descubrían y decían el Angelus. Y las Procesiones del día del Corpus. Las Procesíones de Semana Santa. Los Gremios y Cofradías. Los estandartes y banderas, todos pasaban y los mirabas tú, indiscreto mirón. Con tu ojazo círcunferencial, contínuabas siendo mirón.

Mirón. Mirón de la calle Mayor. Que has llamado a todas las gentes. Que has oído todas las músicas. Que has escuchado a todos los orfeones. Y has llamado a todas las orquestas. Y despóticamente los has llamado, cuando a ti más te convenía, y tú les hablabas de añoranzas. En todo tiempo y a todas horas. De noche y de día. Con el calor del estío y las heladas del invierno. Bajo los rayos del Sol y el misterio de las dístintas claridades de la Luna. 

Con galernas y temporales, para tí, da lo mísmo. Ni tienes frío, ni te importa el calor, ni... la vergűenza. Sigues con tu inaudito descaro y observando hasta el paso de las nubes que vagan por el Cielo. Porque ni ellas, desde lo alto, pueden prescindir de ti, cuando las míras con el ojo mirón de tu vída secular. Y cuando tantas cosas viste. Cuando tanto puedes contar de toda la bella y dulce melodía de la vida donostíarra. Cuando tanto sabes. Cuando tanto nos puedes decír, a todos y por todos, confiésanos, por lo menos, quien eres tú. Pues aunque te hayas resistido, te hemos descubierto. Pues aunque no lo quieras, estamos en el secreto. Nos lo han descubierto tus mismos vecínos. Tus amigos más cercancs. Los que también a ti, de reojo te miran, entre la vida ornamental de unas piedras sagradas. 

Eres mírón; iy te llaman reloj! Reloj de la Iglesia de Santa María. Santa María la Mayor. Que preside también la misma calle Mayor. Y como reloj, tienes armonía y alma de canción. Y como ya de tí, no se habla más, te despido, diciéndote: 

¡Mirón! Reloj de Santa María. Pedazo de nuestra hístoria. Duendecillo y mirón. Eres reloj, de Santa María, el mirón, simpático mirón, de una de las calles más típicas, de la tacita de plata» del renacimiento de San Sebastián.

(Adrián de Loyarte)







PROLOGO

+

sábado, 3 de enero de 2009

PUENTE DE MARIA CRISTINA (FOTO)

LOS PUENTES DE LA CIUDAD DE SAN SEBASTIÁN: SANTA CATALINA Y MARÍA CRISTINA

SON los puentes, fábricas de piedra, hierro, ladrillo o madera. Sirven para que, por debajo, pasen los ríos. Para que se faciliten y allanen las comunicaciones, de pueblo a pueblo; de lugar a lugar, o de nación a nación. 

A través del mundo, los puentes son también motivo de ornamentación artística y lujosa. Y ellos han contribuído al progreso moral y material de los pueblos. A sus fáciles comunicaciones. Al conocimiento de individuos, familias y grupos de naciones, los puentes y vías romanos son eterno recuerdo, a través de los siglos, de una de las más gloriosas historías de sus municipios. 

San Sebastián debe la primera etapa de su vitalidad, al primer puente de madera, que desafiando el empuje de los furiosos embates del mar de la Zurriola, aseguró las comunicaciones, provinciales e internacionales. Era aquel puente, completamente rudimentario. Los antiguos Ayuntamientos, se veían obligados a reformarlo y arreglarlo, porque los elementos del mar y de las olas, lo iban destruyendo. Pero se llegó a sustituir la madera, por la piedra y el mármol, y así surgió el primer puente de Santa Catalina, que es todavía, el mejor y más bello puente que San Sebastián puede ostentar. 

Pero nuestra Ciudad avanzaba hacia el lado de Amara. А medida que se hacía el relleno del río, se iba ganando en tierra, y hubo necesidad de otro puente. Fué el puente de madera. Se le llamaba y se le conocía, por el puente «provisional». Porque provisionales fueron también sus servicios. Y unía la distancia que medíaba entre la estación del Ferrocarril del Norte y el otro lado del río, que comenzaba en el paseo de los Fueros. 

De haberse realizado el primer proyecto de San Sebastián, el paseo de los Fueros hubiese sido el principio de una segunda Avenida, más ancha todavía que la actual, que llegase hasta la Concha, para empalmar con la carretera del Antiguo. No se hubiese construído ni la plaza de Bilbao, ni la calle de San Martín, sino simultáneamente la gran Avenida. Pero no fué así. Se trazó otro plan, y hoy tenemos una calle, en lugar de una Avenida. El puente provisional» sirvió, durante muchos años, para facilitar las comunicaciones entre el Ferrocarril del Norte, y toda la barríada del ensanche de Amara. Pero pasaban muchos años. Aquel puente de madera, era indecoroso para San Sebastián.

Y no se construía otro. Barrios tan importantes como los de San Martín y Amara, exigían un digno complemento ornamental a todas sus construcciones. 

Por fin se llegó a un concierto entre el Ayuntamiento y la Caja de Ahorros Municipal. El año de 1905, se soluciona el problema, años antes planteado. Por gestiones llevadas con gran acierto por ambas entidades, la Junta de Gobierno de la Caja de Ahorros Municipal, ofrece la suma de setecientas mil pesetas, sin interés y reembolsable en cien años. Cierto que la modalidad del préstamo, llamó la atención entre las gentes de finanzas; pero la Caja de Ahorros Municipal dispuso de aquella suma, debido a un rigor administrativo, ejercido durante cerca de un cuarto de siglo. 

El capital no podía entregarse a otra entidad de mayor garantía; y la necesidad de un puente, en el progreso de San Sebastián, era imperiosa. Prueba del acierto fué que, cuando se supo la noticia, el pueblo todo exteriorizó su júbilo. Y los barrios de San Martín y Amara, vieron colmados aquellos anhelos suyos, en la vida urbanística de la Ciudad. 

Es el 15 de septiembre de 1903. La sesión del Ayuntamiento de esta fecha fué históricamente memorable. La oferta de la Caja de Ahorros, se acogió con gran simpatía, y el pueblo de San Sebastián tríbutó un aplauso caluroso a las dos entidades administrativas. En pocos días, el Municipic donostiarra redacta las bases del concurso, para la construcción del nuevo puente. Había de llevar el carácter de monumental. Uníría las comunicaciones directas entre la estación del Ferrocarril del Norte, por la que desembocarían todos los víajeros nacionales e internacionales, y el ensanche de Amara, San Martín, y toda la Concha con el barrio del Antiguo. 

El puente había de tener veinte metros de anchura. Dos metros, treinta centímetros, de altura del paso del Urumea de la margen izquierda, sobre la pleamar equinoccial. La distancia entre los muelles, de ochenta y ocho metros. Y el presupuesto, como límite superior, el importe de quinientas mil pesetas. 

Difundida la noticia por la capital de la nación y las más importantes ciudades de la península, fueron los mejores ingenieros y arquitectos los que presentaron sus proyectos. Ascendieron éstos a catorce. Se nombró un Jurado. En poco tiempo, emitió su dictamen. Y el Ayuntamiento, en su sesión del 10 de diciembre de 1903, en vista de aquel fallo, acordó adjudicar el primer premio, de cinco mil pesetas, al ingeniero de caminos don Eugenio Ribera, que presentó su proyecto, juntamente con la colaboración del arquitecto don Julio María Zapata. 

El segundo premio ascendía a tres mil pesetas, y fué otorgado a trabajos de los ingenieros de caminos, don Vicente Machimbarrena y don Miguel Otamendi, con los arquitectos don Antonio Palacios y don Joaquín Otamendi. Estos presentaron el proyecto «Laurak Bat», precioso bajo todos los aspectos.

Con este resultado, el ingeníero señor Ribera, quedó obligado por decisión intrínseca del Jurado, a introducir algunas modificaciones en el proyecto por él presentado. Y cuando llegó la sesión del Ayuntamiento, del 15 de mayo de 1904, se aprueba el informe de proyecto, modificado. Y resulta un presupuesto de setecientas dos mil, doscientas diez y siete pesetas. Como el puente iba ornamentado con cuatro obeliscos, completamente terminados, sólo éstos, ascienden a la cifra de noventa y seis mil, setecientas setenta pesetas.

 Pues bien; San Sebastián ya había decidido el definitivo puente, sobre el río Urumea. Se abriría una arteria, que había de recibir todo el torrente circulatorio de la sangre nueva de la vida progresiva de la Ciudad. Al puente de Santa Catalina, de piedra eterna y bello construir del siglo anterior, había de seguir el nuevo puente, fruto de la industría e ingeniería modernas. Los dos puentes cristalizan dos nuevas culturas y dos distintos aspectos. La de la naturaleza en píedra que brota de la cantera, por impulso natural del trabajo directo del hombre. Y la de la gran industria; de la invención del progreso humano, que rompe hasta el corazón de las montañas y, por obra de la evolución de un sistema, convierte la piedra, en una cal hídráulica, sería competidora de la misma naturaleza y del mismo poder de su entraña. El puente de piedra, que desafía los siglos, y al hacer histórica su obra, es invencible como la roca. Y el puente de cemento armado, perecedero como el mismo hombre, porque los dos mueren. Y todavía está por empezar a escribírse su hístoria.

Son, además, los dos puenles, dos épocas de la vida de San Sebastián. La época que nace, y al nacer fundamenta su vida en una base inconmovible; con las calles anchas. Sus vías urbanísticamente higiénicas; la altura magistralmente calculada de sus casas. Con la belleza de sus jardines y arboledas; tónico con que la Ciudad se conforta, con el aire embalsamado, de un bosque de pinos. Y esta otra época, que, cual el elemento que integra el nuevo puente, es una argamasa heterogénea, careciendo de aquella otra fecunda en vitalidad, porque le falta el espíritu con la que la primera nació. Dos puentes. Dos civilizaciones. Dos épocas. Dos historias. Y con todo ello, la mente y el corazón del hombre. Pero distintamente aplicadas. Y como el mar, en dos distintos movimientos. 

El puente de Santa Catalina fué bautizado con este nombre, como continuación del barrio de Santa Catalina. Que hasta 1719, existe con aquella Iglesia parroquíal, destruída durante el sitio de las tropas del Mariscal Berwick; así como el Hospital. Fué la Iglesia de la Orden de los Templarios, que perteneció después a la Orden de San Juan. Templo donde se celebraban todas sus funciones religiosas, no sólo del Consulado de San Sebastián, sino del gremio de mareantes, que posteriormente tuvo su altar, en la actual Iglesia de Santa María. 

El nombre del nuevo puente, lo acuerda el Ayuntamiento. También tiene su historia. La de una vida. Se reúne la Corporación Municipal el día 13 de diciembre de 1904. No hay discusión. Considera que es un deber de justícía que se bautice con el nombre augusto de María Cristina, y así se acuerda. El puente de María Cristina es, en el recuerdo, un tributo de respeto y reconocimiento. De respeto, a la realeza. De reconocimiento, a una Reina que dió a la Ciudad de San Sebastián, el más alto de los prestigios. Que la amó y la protegió. Y, por rara unanimidad en aquellos Ayuntamientos de ideales contrapuestos, se acordó así. Llega el día 20 de enero del año 1905. Es el día de San Sebastián. Y el nuevo puente de María Cristina se inaugura con toda solemnidad. naite 

Es el puente de los nuevos métodos. Del invento constructivo de la mente humana. Del avance de la cultura en la ingeniería civil. No es la novedad por ser novedad, sino porque el hombre lo ha creado para un progreso material, que lo entiende como bien de la humanidad. Es la obra de una síntesís en el progreso. Y una sindéresis colectiva en la aplicación. No tendrá la duración de lo eterno, pero sí la novedad en el íngenio humano. 2Los artífices que realizaron la obra de un puente, no tomaron la piedra y la címentaron, la trabajaron, la tallaron y la ornamentaron. Mezclaron los elementos, y con arreglo a teorías desconocidas ayer, borraron las ideas de la cultura de la piedra. Asimilaron elementos nuevos de energía. Y pensaron en la idea antes que en el sentimiento. La históríca constructíva desapareció.

Como la Ciudad de San Sebastián, en el principio de Ciudad moderna; optó síempre por el adelanto y por la novedad, el puente de María Cristina, como tal, interpretó cabalmente, el pensamiento de la vida urbanística de aquellos Ayuntamientos. El reinado de la novedad en todo. Puente de Santa Catalina, con levita, sombrero de copa, guantes y bastón con puño de plata. Alta la frente sobre cuello de alba brillantez. 

Puente de María Cristina; chaquet, y sombrero hongo en iniciación de decadencia. Paso al sombrero flexible, sobre cabezas de cuello blando y de color. Frente a la Autoridad, libertad mal entendida. 

Y fueron de júbilo las fiestas que San Sebastián celebró. 

Era entonces Alcalde de la Ciudad, don José Elósegui. Pronunció un discurso en el acto de la inauguración. En nombre de Su Majestad la Reina María Cristina de Habsburgo-Lorena, corta el cordón de flores, que cerraba las entradas del puente. Las bandas de música preludian los prímeros compases de la Marcha Real. El Orfeón Donostiarra canta un himno a San Sebastián con los alumnos de la Academia Municipal de Música, y la Ciudad comienza, con aquellos actos, la serie de fiestas conmemorativas de la inauguración. 

Fiesta religiosa en la Parroquia de Santa María, con la inauguración del nuevo muelle. Distribución de cinco premios a los cinco obreros que más se distinguieron en los trabajos de ejecución del nuevo puente. En el salón de recepciones de la Casa Consistorial se sirve un lunch. Pasan de trescientos los invitados. Y en los puentes de Santa Catalina y María Cristina, las bandas populares de música, amenizan las últimas horas de la tarde. Fuegos artificiales, y el paso de gracía operesca, el zezen-zusko,; número obligado en todas las fiestas del donostiarrísmo, auténtico; callejero, recóndito, de barrío, apoteósico y clamoroso; un poco detonante; pero original, divertido y muy «coshquero».

(Adrián de Loyarte)