sábado, 13 de marzo de 2021

INTERESANTES COMENTARIOS DE PRENSA.

El alma religiosa de la Ciudad de San Sebastián (IV y último)

El alma religiosa de la Ciudad de San Sebastián (III)

El alma religiosa de la Ciudad de San Sebastián (II)

El alma religiosa de la Ciudad de San Sebastián (I)

La Guardia Municipal y los conciertos clásicos de principios de siglo.

Del Castillo de la Mota al Paseo del Príncipe de Asturias, con los antiguos Ayuntamientos.

Las "flores" de la ciudad de San Sebastián.

Las grandes Instituciones donostiarras.

Llega a la ciudad de San Sebastián el príncipe japonés Komatshu.

El cuarto Centenario de Juan Sebastián de Elcano.

Agua y luz en la Ciudad de San Sebastián.- Sus grandes conciertos y sus grandes figuras

Las aguas en San Sebastián y la compra de la finca de Articuza.

El Ayuntamiento compra el Monte Urgull y el Convento de San Telmo.- Histórica restauración del Cementerio de los Ingleses.

El monte Urgull.- Castillo de la Mota.- Castillo de Santa Cruz de la Mota.

La jira del Urumea en honor de los marinos alemanes de la fragata "Stein"

SI LOS Ayuntamientos de la época que estamos describiendo hubiesen sentido por la construcción de la Ciudad, el mismo lirismo de sus montañas, su mar y su paisaje, la ciudad de San Sebastián hubiera sido la primera entre todas las ciudades del mundo. Como no lo vieron así, tuvieron necesidad de acudir a sus mares y a sus ríos, para compartir, con el forastero, una grandeza originalmente personal. De su belleza y de su encanto. Así, organiza la fiesta náutica, celebrada en honor de los marinos de la fragata «Stein». Cualquiera otra fiesta hubiese carecido de originalidad. No así la llamada del Urumea, que fué como símbolo, de todo lo más poético, que la Ciudad engalanada organiza en honor de los marinos alemanes.

El río Urumea -a cuyas orillas ha crecido la Ciudad a compás de la civilización moderna- es en aquel momento histórico, el río de una de las más grandes fiestas que supo organizar la Ciudad. Las embarcaciones todas del puerto y de la bahía se han reunido en el comienzo de su entrada al mar. Están tripuladas por marinos de Cay-Arriba y del «Barrio de la Jarana». No han bastado las embarcaciones del puerto de San Sebastián y se va al de Pasajes para aumentar el número y la manifestación marítima. Los corazones han de sentir el arte de esa grandeza.

El Ayuntamiento se une al Club Cantábrico y al Club Náutico. Sólo una de ellas lleva a la jira, catorce traineras, ocho gabarras y mayor número de embarcaciones menores. Están alquilados todos los buques, embarcaciones, botes y traineras. El Ayuntamiento levanta una gran tribuna, enfrente al lugar que ha de ocupar todo el elemento oficial. El caserío Heriz se arrienda para el mismo Club y levanta una nueva tribuna. Aparatos especiales de iluminación, para el regreso, se han encargado a Burdeos. Y el Club llevará una gabarra, con la correspondiente banda militar. Se han amontonado en el «Caos» millares de cohetes. Derroche de flores y serpentinas. Se reunen para la jira más de doscientos socios, con sus familias. Se ha invitado a la Prensa de Madrid. El Ayuntamiento contrata a las célebres trompas de Biarritz y dos bandas de música. Y todos los invitados serán obsequiados con un «lunch», en el edificio de la escuela de Loyola, artísticamente engalanado.

El Ayuntamiento, el Club Cantábrico y el Club Náutico, son el alma de toda la organización. Los Oficiales y guardías marinas de la fragata «Stein» llegan a la fiesta con tres traineras engalanadas. Algunas embarcaciones se han convertido en góndolas venecianas. Una canoa en girasol y otra en cisne. La Familia Real se digna acudir a la fiesta. Pues bien. Son las cuatro de la tarde del día 10 de septiembre. Nos hallamos en el año de 1901. Sobre las aguas del río Urumea reflejan los rayos de un sol septembrino. Innumerables embarcaciones, primorosamente engalanadas, van formando un nuevo río entre dos hileras de lanchas y lanchones. Su extensión es tan dilatada, que algunos llegaron ya a Loyola, cuando una inmensa profusión de batallas de flores y serpentinas, luchan y se acometen de lancha a lancha.

Al desfile de las traineras alemanas, los marinos son saludados con vivas calurosos. Los alemanes ovacionan a la trainera de la Prensa española al pasar cerca de ella; y los periodistas vitorean a la Prensa alemana.

El gabarrón del Club Cantábrico, es lugar estratégico, desde donde se disparan sin cesar millares de ramilletes de flores. Todo es alegría de una honesta fiesta. Las músicas han atacado los primeros compases de las notas de su pentagrama. Y las embarcaciones, en un desfile nunca visto, exhiben el decorado ornamental de los múltiples colores de sus adornos y banderas. Y las aguas del río, donde plácidamente brillan los rayos de sol, sonríen con la blancura de sus pequeñas olas, producidas por el sinnúmero de remos que en su seno se hunden y se levantan. La fiesta se condensa en todo el campo de Loyola.

Son agasajados por el Ayuntamiento, en su tribuna, los marinos alemanes. Y el Club Cantábrico les invita a su pabellón, donde la nota de la máxima alegría, lleva al paladar las gratas emociones de los dulces y fiambres, rociados de «champagne».

Centenares de invitados toman parte en la fiesta. El Comandante de la «Stein» -alma agradecida- ante tanto agasajo, se multiplica en frases y saludos de emoción y contento. Y derrama la miel de su lenguaje. Y aceptado caballerosamente, es contestado con las galanas del habla española, por los socios directivos del Club.

Toda la vega es un cuadro oriental. Y la animación, con la orquesta, de millares de almas, una melodía de ruiseñor. A uno y otro lado de la ría, el asombro de la multitud, que presencia aquel alarde de lujosa majestad. Largas hileras de coches que han dejado sus dueños, y otros, que son tribunas de donde presencían aquella fiesta, desde la carretera. Música y orquestas. Huertas y campos perfumados de manzanos entre árboles centenarios. Frutales en madurez. Y campos de trigo, que a la vega rosean y la doran de inefable matiz. Y en el cielo y en la tierra, una sucesión continuada de contrastes, de tonos, de matices, de lejanías, que despiden a la tarde y columbran las primeras sensaciones del anochecer.

Y es entonces cuando comienza el nuevo cuadro de fantasmagoria, de variedad de sombras y de luces. La fiesta va llegando al final. Es un momento de tal embriaguez de color, que el pincel ha agotado toda la superficie de la paleta. Las tribunas del Ayuntamiento y del Club Cantábrico, van desalojándose. La fiesta de las cucañas, de risa continuada y regocijo; espectáculo popular de rápidas emociones, de zambullidos y de risas, ha terminado. Se reparten los premios. Y la última pareja de la vega, lenta y perezosamente, termina el último compás de un vals de coreográfico ensueño, con la última nota del pentagrama.

Si la fiesta de la tarde es la máxima fantasía de colorido, el regreso de aquellos cientos de embarcaciones, con faroles a la veneciana; los montes con grandes y numerosas hogueras; iluminadas las dos orillas del río; el canto de los orfeones; el sonido de las grandes bandas de música; la música de cuerda, con las orquestas y orquestinas; luces de bengala con profusión, volar de alegría por los aires; las góndolas, con maravillosos efectos de color; risas de voces femeninas; la partida y alineación bulliciosa de todas las embarcaciones, con luces multicolores; la opulencia toda de la fiesta; la primera estrella que abandonó el disco solar; y la última fantasía que se acaba con la obscuridad y se ha ído apagando en todos los hechos reales, fundamento de la fiesta. Todos los lazos de la amistad se han desatado y despedido, pero ha permanecido el recuerdo, que no muere. Y la fiesta de la jira del Urumea, ha sido el encanto de los sentidos y un espasmo inefable, que recordará para siempre, el nombre de la ciudad de San Sebastián.

Vitoreados los marinos del Emperador, bajo el cielo estrellado de un anochecer septembrino. Aclamados en alemán los Reyes de España y la ciudad de San Sebastián. Todos desembarcan al final del paseo de los Fueros, que luce su última y más espléndida iluminación, a la veneciana.

El gran arco-bajo el que desfila la expedición- lo iluminan más de mil lámparas. Está dedicado a los Reyes. Pues bien; aquella fiesta del Urumea -que no se puede olvidar mientras viva San Sebastián- es correspondida con la galantería y caballerosidad de un bello gesto de aquel pueblo en triunfo. Y la fragata <<Stein», engalanada con toda la riqueza de color del imperio alemán, había preparado una de sus mejores fiestas, en la bella bahía de Pasajes. y serena superficie de

Flores y banderas de todos los países, símbolos de las cumbres coronadas con esplendores patrios, eran el fondo ornamental de toda la fragata. Y los marinos alumnos alemanes, reciben y acompañan por los múltiples departamentos del barco, a todos los invitados. Los juegos y entretenimientos preparados a bordo, son numerosos; los ejercicios de gimnasia y de tiro al blanco, suceden a los juegos. Y el alma musical, como el amor por la unidad de aquel pueblo, canta las canciones de tradición oral, que el orfeón de los marinos interpreta con el más hondo sentimiento de su amada tierra. Con ramos de flores-distinción suprema del mundo- es obsequiado el sexo femenino, al final del lunch. Todos firman en el álbum de la «Stein». Y los marinos, los más bellos pensamientos en los abanicos de las concurrentes. La fiesta ha terminado. Por las escaleras marineras de la «Stein» descienden los invitados. La Reina Regente se digna enviar por su ayudante la placa del mérito naval al Comandante de la «Stein». La galantería alemana, con la caballerosidad española, ha dejado un gratísimo recuerdo bajo el cielo estrellado, de aquel puerto de Pasajes.

Y al día siguiente, cuando la fragata alemana ha zarpado camino de las aguas del puerto de Lisboa, veinticinco cañonazos resonando sobre las aguas, como la marcha triunfal de una idea, saludan al pendón morado de Castilla, enhiesto y flotando a los aires, en el Real Palacio de Miramar. En aquel barco va un pedazo de su Patría.

Frente al vacío dogmatismo de los racionalistas, la afirmación del principio de universalidad. Frente a la obscuridad de la duda, la luz deslumbrante de la Mano Divina, que los salva de todos los peligros.

Han terminado todas las fiestas organizadas por el Ayuntamiento en honor de los marinos alemanes. La ciudad de San Sebastián abre los primeros años del siglo XX, en aquellas calles y aquellas plazas que habían dado el paso a otras generaciones.

Como las aguas de un río caudaloso, pasaron todas, al mar inmenso de la humanidad extinta. Y perduraron vivientes y renovándose, las piedras inmóviles, las calles firmes, los puentes graves, los edificios suntuosos. Y sólo los años y los siglos, como centinelas alertas, mudos espectadores del destino, van contando, con mirada de órbita serena, todos los cambios, todas las tragedías y todo el pequeño poder de la vanidad y soberbia humanas.

Fiestas y grandes conciertos.- Llegada y estancia de la fragata alemana "Stein".

 NO hay nada más bello en una población, que la buena organización de sus fiestas. Fiestas religiosas. Fiestas civiles. Fiestas populares. En los tres tipos de fiestas, ha sido la ciudad de San Sebastián, un modelo de organización. En la música ha sabido contratar a los artistas más eminentes. En la organización, excursiones marítimas. En la Fe, un orden perfecto en la solemnidad de sus procesiones.

En 1901 San Sebastián contaba con treinta y cinco mil quinientos ochenta y tres habitantes. En 1902 con treinta y seis mil quinientos cincuenta y dos. En 1903 con treinta y siete mil doscientos veintinueve. Y mientras su población iba aumentando en proporción aproximadamente de mil por año, llevaba a cabo construcciones de grandes edificios. Perfección de sus vías y calles. Fertilidad en su vida comercial y social. La estética de toda la Ciudad alcanzaba alta emoción. Con menor número de habitantes que los que he citado; con bastante menor número, la ciudad de San Sebastián había levantado un gran edificio. El edificio del Gran Casino. Sobre este rasgo de audacia, hemos de comentarlo en capítulo aparte, amplia y solemnemente. Será comentado en historiador. Pero en este caso, en historiador objetivo. Dentro de los cincuenta años de vida donostiarra, el edificio más bellamente discutido, no puede pasar sin el comentario, que al faltar, dejaría de hacer la verdadera historia. Pero cuando se levantó el edificio del Gran Casino, la ciudad de San Sebastián ya contaba con bellos jardines públicos. A principios de este siglo, sus jardines, sus plazas y paseos, son los más bellos de una ciudad moderna.

Hemos comentado con anterioridad, aunque muy brevemente, de artistas tan eminentes como Sarasate, Bauer y Casals. Estos artistas intepretaban música de los más grandes compositores. Esta música se hacía en los salones del Gran Casino. A principios de este siglo, Bauer y Casals habían ya llegado a la ciudad de San Sebastián. Era en aquellos días en que don Miguel de Unamuno pronunció un discurso tempestuoso en los juegos florales de Bilbao, que por un lado causó escándalo y por el otro un caluroso aplauso. Y el país se dividió en dos bandos irreconciliables. Pero Bauer y Casals llegaron para interpretar, con maravillosos instrumentos, una música cuya dulzura, se escuchaba en el Cielo. El Gran Casino organizó el concierto. Y Bauer, al ejecutar el concierto en «la», de Chopin, demostró de un modo innegable, que sus dedos en el teclado, conmovían arrebatando de vibración a aquel público que inmediatamente escuchó el tercer tiempo.

Bauer no era conocido en San Sebastián. Sólo pudo haber sido contratado por una entidad cuyas características financieras le permitían aquel lujo soberano. Y Bauer, en medio de un público que sugestionado le aplaudía, interpretó la gran fantasía de Las Walkyrias y un aire del Baile de Bluck, arreglado por Saint Saens.

Con Bauer ejecutante, émulo de Rubinstein, y que desde este genio del piano ningún otro artista pudo superarlo en delicadeza y sentimiento, a juzgar por la más eminente crítica europea. En la época que estamos describiendo, llegó Casals.

A Casals le oyó San Sebastián en distintas ocasiones. Nosotros recordamos -aparte de sus conciertos- cuando interpretando música religiosa, permanecíamos conmovidos en el coro parroquial de la iglesia de Santa María, aquel 8 de septiembre memorable. Tomaron parte la gran Orquesta del Casino, el Orfeón del Centro Católico-al que yo pertenecí-. Se cantó la célebre misa de Santa Cecilia, de Gounod.

Para orgullo de la ciudad de San Sebastián, lucieron sus voces maravillosas, tres grandes tenores de catedral. Los tres hermanos Vidarte, de las tres catedrales metropolitanas de Tarragona, de Granada y de Burgos. Aquella Misa solemnísima, como no se ha oído otra igual en la ciudad de San Sebastián, con las voces magníficas de los tres tenores de primer orden; con cuerda, madera y una masa orfeónica de perfecta unidad y empaste, constituyó un homenaje de acatamiento y veneración a la Divina Majestad, en día tan memorable para la capital de Guipúzcoa, como el 8 de septiembre. El Ofertorio de aquella Misa, fué el momento en que Pablo Casals lució sus portentosas facultades de eminente ejecutante.

Aquel instrumento del violoncello, en los dedos de Pablo Casals, eran dedos que arrancaban a toda la longitud de las cuerdas, los más patéticos sonidos y los timbres de los más variados registros. La expresión melódica; aquel violoncello, que sólo él dialogaba con la voz humana, ante un silencio purísimo. La emoción de los millares de almas que le escuchaban; las voces enmudecidas del Orfeón, que cantaba la Misa, bajo las bóvedas del arte puro de la iglesia de Santa María la Mayor, fué un momento, que sin ninguna hipérbole, puede recordarse como lo fué: sublime.

Llegó Casals a la ciudad de San Sebastián después de haber sido escuchado en los escenarios y salas de las principales capitales de Europa. El verano que tocó en Santa María, le oímos también en el Gran Casino, aquel concierto suyo, con la gran orquesta, ejecutando el concierto de gala. La sonata de Locatelli, con una pureza de expresión, con la brillantez y maravilla de ejecución, que desde entonces no hemos escuchado nada, ni parecido.

La sala se conmovió en tal forma, que cuando al final, con Bauer, interpretaron juntos la admirable sonata de Saint-Saens, mar. no existen palabras admirativas para describirla. Y ya nos situamos en el mes de agosto de 1901. Tenemos nuestra vista en el Y lo prefiero en masculino, porque no puedo concebir, que a un elemento del máximo poder, después de Dios, se le trate en femenino. Y el mar, que aquel día era todo sentimiento, nos trajo desde muy lejos, la entrada en la bahía, de tantos matices de color en pugna, la fragata alemana «Stein>.

La fragata «Stein» ha llegado a nuestro puerto. Es la escuela de guardias marinas. Desplaza dos mil ochocientas cincuenta y seis toneladas y tiene a bordo cuatrocientos cuarenta y seis tripulantes. Lo manda el capitán de fragata Bachein. En su honor se celebra una de las más importantes regatas de yolas. Tiene carácter internacional. La organiza el Real Club Náutico y se disputa nada menos que la copa de honor de Su Majestad la Reina.

Este solo hecho, despierta el máximo interés. Y se inscriben seis yolas de Arcachon; dos de París; ocho de Bayona; dos de Agen; una de Barcelona; varias tripuladas por guardias-marinas del «Stein» y varias embarcaciones del Real Club Náutico de la ciudad de San Sebastián. También se iba a celebrar aquellos días una Asamblea de Clubs Náuticos, y para presidirlo llega don Antonio Maura.

Pero la primera fiesta que se celebra en honor de Jefes y Oficiales, es la «garden party», en el Real Palacio de Miramar. El Club Náutico prepara un lunch en la «casa-bote», en la bahia

de San Sebastián. La garden-party», en los jardines del Real Palacio de Miramar, tuvo la resonancia del buen gusto, solemnidad y grandeza de una fiesta real.

Cierto que el tiempo, que de madrugada se levantó nublado, parecía deslucirla, pero no fué así. Su Majestad la Reina María Cristina se dignó ordenar la distribución de las invitaciones. Ascendieron éstas a mil doscientas. La concurrencia -ornamento de aquellos jardines y residencia real- fué de la máxima distinción. Con los Jefes y Oficiales de los marinos alemanes, asisten los Ministros, Embajadores, Generales; políticos como don Eduardo Dato; artistas como Benlliure; músicos tan eminentes como Baldelli, Sarasate y Casals. Alcalde y presidentes de la Diputación y de la Audiencia. Ejército. Magistratura. Intelectualidad. Aristocracia. Todo cuanto de distinción y significación social figuraba en la ciudad de San Sebastián. Es un episodio histórico de la máxima belleza y colorido. -

Y cuando las cuatro de la tarde, era el lenguaje de las campanadas de todos los relojes de San Sebastián, ya habían formado en Miramar los guardias marinas que componían la fragata <<Stein»>. Y allí también, junto a ellas, el Embajador de Alemania, señor Radowitz. Son las cuatro y cuarto. Baja la Familia Real por la gran escalera central y aparece ante la concurrencia la Reina María Cristina, el Rey y la Reina. La Reina viste distinguidísimo traje gris perla, de raso. Su Alteza, la Princesa de Asturias, de negro -a causa del luto, por la muerte de la Condesa de Trepani-. La Infanta María Teresa, de raso amarillo. Su Majestad el Rey, de guardia-marína, y et Príncipe de Asturias, con el uniforme de Estado Mayor.

Besadas las Reales manos por todas las Autoridades y altas personalidades -ya en el jardín-las Reinas y el Rey se dignaron conversar con las más eminentes figuras de la política. La Reina habla largamente con el comandante de la «Stein» y los guardías marinas alemanes. El Rey, con Baldelli, Sarasate y Casals. La Reina y el Rey, con Embajadores, Generales, Políticos como Dato y Romero Robledo, entre otros-, Oficiales de la Escuadra y personalidades.

Dos bandas militares y la música de la Escuadra -que se hallaba en el acorazado Pelayo- hicieron de aquel momento, la armonía de un gran concierto melódico. Y allí, en el parque que divisa el panorama de los mares y montañas que ornamentan la Ciudad, la gran mesa; la sensación delicada y fragante de todos los exquisitos manjares y bebidas que el más exigente pudo apetecer.

El te Real, sobre la hermosura de un césped, cubriendo aquel suelo de secular tradición histórica, con rosas, azucenas y claveles a los lados de los jardines y bosquecillos, forma el lmperio coronado, de un atardecer de gala y alegría.

La ciudad de San Sebastián cuenta con todos los elementos de una estancia agradable. Los marinos alemanes, que en el Real Palacio de Miramar encontraron la más sugestiva acogida, al día siguiente van a los toros, y con la plaza llena, entra toda la tripulación. Los guardias marinas, las gradas. Y los oficiales, el palco del Ayuntamiento. Los toros son de Saltillo. Fuentes hace una de sus mejores faenas, y con toda la plaza, los marinos le aplaudieron con el mayor entusiasmo.

Allí se encontraba la gran actriz francesa Gabrielle Rejane, que actuaba en el Casino. Llegan los primeros días de septiembre. Y siguen las fiestas en honor de los marinos alemanes. Se celebra un concierto. Es en el Gran Casino. Se redacta el programa en alemán. Los palcos engalanados, lucen el pabellón del Imperio alemán. Asiste la Familia Real. La sala, totalmente llena, tiene un colorido de máxima sugestión, que coronan los compases de la Marcha Real cuando los Reyes, al entrar ocupan el palco Real. Pero no fué sólo la ciudad de San Sebastián la que pudo saborear el deleite de aquellas honestas fiestas de los grandes recibimientos y de las estancias agasajadas.

El vecindario de Pasajes presencia con la fragata alemana, que fondeó en el mismo centro de las aguas de su puerto, la llegada de la Familia Real. La escampavía guipuzcoana, conduciéndola a bordo. El Embajador. El comandante del barco y los oficiales reciben a los Reyes. Mientras toda la marinería en las vergas irrumpe los vivas de ordenanza. Los cañones retumban con disparos a los aires.

Pasajes presencia aquel bellísimo espectáculo. Pero todavía el Ayuntamiento de la ciudad de San Sebastián seguirá con la más refinada cortesía, organizando fiestas en honor de los marinos de la fragata <Stein>.

Es bien tradicional, que las fiestas organizadas por los Ayuntamientos, han sido siempre muy elogíadas. Por el orden, el arte y la esplendidez, sin despilfarro. Así veremos en páginas sucesivas y recordaremos, todo cuanto llevó a cabo San Sebastián para enaltecer su rango de gran ciudad.

En el siguiente capítulo, comentaré la organizada por el Ayuntamiento de la ciudad de San Sebastián.

Por las calles y plazas de la Ciudad, en los días 14 y 15 de Agosto de antiguos veraneos.

  CUANDO llegan estos días inolvidables, en la mente de un Cronista Oficial de la Ciudad, del mismo modo que no se olvidan las fiestas onomásticas, se ha de renovar la estampa, con todo lo que tiene de sugestión y todo el espíritu de una vida de años pasados.


Los días 14 y 15 de agosto. El día de la Virgen es de un recuerdo secular en generaciones enteras. Recordemos, que el mismo año que siguió al de la quema y destrucción de la Ciudad, el alma donostiarra cantó y oró ante el altar de la Virgen, venerándola.


No la ha olvidado la ciudad de San Sebastián a través de los años; como lo más sublime de la mujer, exaltada, en la Reina de los Cielos. Y de víspera a su glorioso día, va preparándose, para glorificarla con músicas y voces unidas en la profesión de su fe,como síntesis, de toda la vida social y política durante el transcurso de los siglos.


La ciudad de San Sebastián venera a su Virgen en el día de la Asunción. La recuerda como a su salvadora. La implora como a su celestial protectora. La guarda como imagen de sus consuelos y de sus alegrías. La invoca en sus desdichas. Y en todas las vicisitudes de su historia, allí ha permanecido con la mirada puesta en la Ciudad, de la que es su secular Patrona.


En los trances más amargos de la historia donostiarra. En las guerras. En la invasión napoleónica. En los ataques de las tropas de Berwick. En los sitios de la Villa, por Amar de la Brit. En las desolaciones, incendios, huracanes y destrucciones. En la guerra de las Comunidades, en que San Sebastián prestó lealtad al Emperador. En las amenazas de los Hugonotes de Francia. En las guerras de Sucesión. En los terremotos. Y en el último incendio y destrucción -que conmovió toda su Ciudad- por las tropas mandadas por el general Wellington, la Virgen del Coro, venerada Patrona de los donostiarras, há permanecido como fiel defensora de su independencia y guardadora de sus glorias, para que todos, no la sepultaran en el olvido en el total hundimiento de su nombre universal.


Por esto, los donostiarras que conocen su historia, llenan su espíritu de estremecimientos inefables. Porque en derredor de su manto y de su imagen, se anidan y confunden las almas, de mil generaciones. Los hechos históricos de sus mismos orígenes.


En el día de la víspera y en el clásico de la Patrona, el pueblo donostiarra acude en aluvión de millares de personas y desde hace siglos, a orarla de hinojos, a amarla y a esperar de Ella, cantándola y suspirándola.


Pues bien; han resonado los cañones de los barcos anclados en la bahía. La batería del Castillo dispara los suyos. Se arría la bandera del Pendón morado de Castilla. Se han abierto las grandes puertas del Real Palacio de Miramar. Una muchedumbre forma dos larguísimas hileras en toda la extensión del paseo de la Concha y en las calles que conducen a la iglesia de Santa María bulle anhelante una muchedumbre.


San Sebastián está allí. Los balcones lucen reposteros y colgaduras. Y la Reina, con la Infanta María Teresa y el Rey, bajan en coche del Palacio Real. Una gran escolta, digna de una Reina de España, le precede. A un lado del coche, el correo gabinete y el caballerizo real. Y el atrio de Santa María que huele a incienso.


Sobre aquellas losas goteadas de cera de abeja bendita, aguarda a la Reina el venerable clero. El Ayuntamiento, con las autoridades civiles y militares, palaciegas y cortesanas. El símbolo y el carácter de un ideal. El poema caballeresco del espíritu.


En la fachada barrocochesca, titilan lucecitas en vasos de cristal, con santo óleo, que da a la iglesia aspecto medieval. La muchedumbre aclama respetuosamente el paso de la comitiva real, y entre vítores, llega el coche de los Reyes.


La escolta, con una brillantez guerrera, como defensa de todo lo absoluto, permanece en la calle Mayor. Y la Reina, al descender del coche con la Infanta y el Rey, escucha con los sublimes acordes de la Marcha Real, por una banda militar, las grandes aclamaciones. Recibe el homenaje y el acatamiento de las autoridades; las bendiciones de la Iglesia. Entran con el agua bendita, que recibe del hisopo sacerdotal, bajo palio. Es el palio, recuerdo de aquellos Emperadores que así honraban a los Prelados de la Iglesia, en el siglo IV, y demostración que sólo hace con el Sumo Pontífice, Emperadores y Reyes, en señal de satisfacción y alegría de la Iglesia.


Se ha colocado la Reina con la Infanta y el Rey, bajo dosel de rico damasco rojo. ¡Qué grande es la realeza, cuando impera en ella la virtud! El altar Mayor, profusamente iluminado, con la asistencia de todo el clero. La gravedad del silencio de la iglesia, engrandecen la solemnidad del acto. Y comienza la gran Salve, que se canta a toda orquesta.


Es aquella salve, que desde niños la escuchamos. La que nos extremecía y alegraba. Como un esmalte en la flor. Como vida de resplandores. Un ce en el alma.


La Salve clásica del 14 de agosto. El crepúsculo es en aquel momento una lámina de plata que se extiende por todo el presbiterio. Y habían dejado de sonar todas las campanas jubilosas, que invitaban a entrar. Y cuando la atmósfera, de puro aire religioso, impregnaba de aire todo el ámbito de la iglesia, el coro ha comenzado a sonar, como una nota alegre del espíritu, como un suspiro anhelante del alma, que cree; los primeros compases de gloriosa salutación a la Reina de los Cielos. Salve... Regina Mater, misericordiæ.


Y la ciudad de San Sebastián, por fuera del templo, siente ya la carne viva del comienzo de la gran fiesta de su pueblo. Es la víspera del día de la Virgen de la Asunción. La fiesta más bella de la mujer.


La Salve ha terminado. Y la Reina escucha desde su Real Palacio de Miramar, todas las palpitaciones del corazón de un pueblo. Las calles de la ciudad donostiarra bullen en una exaltación generosa. Salen las músicas, heraldos armónicos de la fiesta patronal. Hay una fe que encarna el sentir del alma popular. Que ha salido de escuchar la Salve y ha rezado ante la Virgen. Y siente la satisfacción de que vive en un pueblo, que ama a la Reina de los Cielos y se descubre ante la Reina de la tierra, que siente, en donostiarra, como él. Y esta es su mayor alegría.


El cielo de aquella noche está estrellado. Y en el despertar del día siguiente, un fresco rumor que se oye de aguas de la bahía, empujando a las olas de la playa, que se unen, se abrazan y se deshacen después, en delirantes exclamaciones de alegría.


Despierto mi fantasía de niño. A través de las calles, paseo bajo los árboles de la Alameda. Han desfilado ya las músicas. La Banda municipal toca diana y lleva en sus notas alegres, la representación armónica de la Ciudad.


Nada emociona más a un pueblo, que su banda le salude por las calles donde vive, con una alegre sinfonía, el día de su Santa Patrona. Y la calle Mayor se prepara, al paso de su Ayuntamiento. Desfilará en Corporación. ¡Qué belleza tan popularmente española, que sus Ayuntamientos, sus Casas Consistoriales, corporativamente desfilen y vayan camino del templo parroquial! Cuando luce la bandera de la Ciudad, en manos del síndico. Resuenan los timbales. Suenan los clarines de plata. Los músicos van uniformados. Y el pueblo se arremolina y estruja en sus calles, para ver... Para ver pasar a su «Casa Consistorial»; a su Ayuntamiento; a sus próceres administrativos, que con albos y almidonados cuellos, de gran etiqueta y señorío, marchan a ocupar los bancos de honor, que el pueblo les entrega, adornados de terciopelo rojo símbolo de amor ardiente, y las armas de la Ciudad, como lealtad a sus juramentos. Y ha comenzado la clásica Misa Mayor. La Mísa es a gran orquesta. Y las voces son de un gran orfeón. Que no se puede festejar a la Santa Patrona de la Ciudad, sin que el Ayuntamiento ocupe los primeros sitiales de su Misa Mayor y todo el pueblo le acompañe.


Y cuando llega el mediodía, la bahía de la Concha tiene como ornamento de belleza marinera, los yates de la gente bilbaína, que a ver a su hermana donostiarra llegan para abrazarla. En el Boulevard, los primeros compases del pasodoble, que inicia el programa del concierto. Y allí está, bajo la sombra de todos los árboles que ocultan el sol, la explanada de los alegres corrillos; los paseos de exhibición y del buen gusto. Las tiendas elegantes. Los cafés, exhuberantes de animación. El despacho de Arana, con gente del toreo, potentados y aristócrates. Vendedores ambulantes. La Prensa de Madrid, de mano en mano. La máxima alegría coronada, y un gentío que se prepara a la corrida de la tarde. Al partido de pelota. Al frontón de Jai-Alai.


Y cuando suenan las tres de la tarde, en todos los cafés donostiarras es el comentario vivo, de las fiestas de la «Semana *Grande»>. Pasan las músicas. Los pasodobles toreros distraen la taza de café aromado. Lucen manolas y toreros. Y la gente se prepara. Antes de las cuatro, la plaza es el pequeño mundo de bullicio, de espectáculo original. Y es el 15 de agosto, en que el Cielo refleja una luz que no hay otra superior. Música en el quinto toro, con insuperables banderillas de Guerrita. El Rey merienda en su palco. Y el pueblo en sus tendidos. El Ayuntamiento preside la fiesta. Y a los espadas no les han faltado regalos valiosos, de aristócratas del toreo.


¡Qué belleza, después, en el antiguo paseo de la Zurriola! La dulce claridad de aquel inmenso horizonte de mar. La tengo descrita en el segundo volumen, que he publicado ya, sobre La Vida de la ciudad de San Sebastián, 1900-1950. Competía en animación y buen gusto y riqueza de trajes, con el paseo del Boulevard. Hasta que el crepúsculo, rendido al ocaso del sol, llena de luces toda la Ciudad. Siguen los comentarios.


La pelota y los toros se armonizan. Jai-Alai y la Nueva Plaza.


Fuentes y Portal. Y la orquesta de la terraza del Gran Casino, es el arte de la música. Atrae sobre todos los demás, a su numeroso y devoto auditorio. Fiel al pentagrama. Y ha escuchado durante la tarde y parte de la noche a Granados y Albéniz; a Bretón y Falla; a Rossini y Donizetti; a Mozart y Beethoven. Y ha recreado su espíritu en el gran amor de la armonía.


Y cuando todavía seguimos en nuestras calles y paseos, entre multitudes, observamos todo el énfasis de la Ciudad, como una nota de soberano colorido; no existe lugar, calle, restaurant, café, silla, que la vida de pasión no palpite con extremecimiento, con risa y alegría incesante, en el corazón del pueblo.


¡Es la noche de 15 de agosto! Se canta y se habla en todas partes. Se comenta y se discute. Y por las grandes puertas del Gran Casino, van entrando en el más lujoso desfile, todo cuanto el mundo pudo exhibir de fastuosidad y de soberanía terrena. Rumores claros y bulliciosos. Alegría que despíde salud en sus semblantes.


Por sus salones, cascadas de luces de efectismos líricos, en la riqueza de sus trajes, en la pureza de brillantes y perlas y en aquel conjunto, unión de arte, de belleza; poema sinfónico mundanal y último perfume de la noche dorada del 15 de agosto de la Ciudad,


Una luz pura ilumina la Ciudad. Y bajo aquel hermoso cielo, creación divina, loca fantasía del poeta; momento, que sin sueño, el donostiarra ha esperado el día; un silencio, con el dedo de los ángeles, sobre sus labios, ha envuelto el descanso de toda la ciudad donostiarra.


El donostiarra ya no olvída el 15 de agosto. Le ha grabado en su corazón. Es como un girón de su alma. No puede olvidarlo. No lo olvidará. Siente dos amores; el amor a su Virgen del Coro, la Reina de los Cielos y el de su pueblo. Volverá a repetirse al siguiente año y el donostiarra será el mismo del año anterior. Continuarán así todas las generaciones. No se olvidarán unas a otras. Y siempre vivirá la gran Ciudad. Nadie la olvidará.


El silencio de las mañanas.

 EN el siglo de los ruidos, justo es que nos fijemos en la vida que entrega el silencio. Nadie lo inventó; como el ruido. Nació en el mismo ser. En el alma del hombre. En la vida de las cosas. Las cosas no hacen ruido. Se les obliga a que lo hagan. Del ruido huyen todos. El silencio lo buscan todos. ¿Qué es el silencio? Es un misterio. Pero es también el habla del corazón. El despertar del pensamiento. La pureza de la dicción.

¿Qué es el ruido? El agotamiento de la energía. El suplicio del corazón. La barbarie del pensamiento. La anarquía del entendimiento. El ahogo de la energía psíquica.


¡Oh! Exclamación del cielo del silencio de las mañanas; cuando la energía del hombre se condensa en toda su plenitud. El alma de las cosas adquiere sentido religioso y recuerda la stblime grandeza de algo superior. Las ciudades en meditación. Las calles pensativas. El comienzo de la vida en toda su pureza. De tal naturaleza, que al primer paso del transeunte, lo profana.


Paseos floridos, que olvidan la muerte. Despedida del sueño, paraíso de todos.


Y salgo a la vida, agotamiento de energías. Ha tañido la primera campanita de la mañana, pura como aliento angelical. Y las calles ofrecen el silencio de una noble serenidad. La campanita ha convidado a pensar en algo inmortal, con un pequeño sonido que es un canto, que llama a un amor infinito, porque es dulce. La gente ha salido por las calles de la Ciudad y el Cielo ha retirado su última estrella despidiéndose del último foco artificial de la Ciudad. Es el ciprés que ornamenta las calles donde duermen seres queridos.


Abiertas están las puertas de todas nuestras iglesias. La paz interior de la Ciudad sigue imperturbable con el silencio; y la alegría de las almas no está amenazada por la barahunda de los ruidos. El mar de la bahía. Las aguas del muelle, con sus lanchas y lanchones que se preparan a la pesca de alta mar. Hunden los remos en las aguas. Rechinan los estrobos. Aguantan los toletes. Y la trainera de la madrugada, avanza a alta mar, con la hercúlea fuerza de los valientes marinos. No ha quebrado el silencio. La paz sigue en la Ciudad.


La naturaleza abraza al silencio. Y las almas que van a orar, no hablan más que a solas, con el corazón. Se abren todos los hogares. No han pensado en el sueño de la muerte, porque el sueño les ha dado energías, entregadas por la quietud reconfortable del descanso.


¡Qué belleza la del silencio de las mañanas, abiertas al Cielo, mirando al matiz de su color; aspirando el perfume primero de las flores; de sus paseos; sintiendo el alma de la ciudad; las voces de las conciencias; la conversación con Dios; el soliloquio del primer despertar!


¿Qué belleza puede compararse a la del primer pensamiento, que brota de la mente, después del sueño de la noche, que es un adiós temporal a la vida?


Al encontrarse con los seres más queridos. Con la primera luz toda alegría. Con la visión de la ciudad que en ella nació. Con todos sus amores. Con todas las esencias vertidas. Y todavía con ese silencio de los ángeles que saben divinizar la vida.


Y un nuevo sonido de la campanita lejana, mística y alegre, es como un recuerdo de todos los secretos del amor. Todavía duerme la ciudad querida y no hay la menor molestia en el despertar. El encanto único de las primeras horas de la mañana, hace de la ciudad una nueva urbe, donde el hombre no ha puesto nada. Todo lo ha hecho la obra de Dios.


Pero es la ciudad, que es nuestra, y nuestro el encanto del silencio, que aun perdura. Cuando salimos a la calle y todo continúa con la grandeza "sublime del misterio, las montañas inmediatas que rodean a la ciudad de San Sebastián, rompen la niebla que las ha cubierto como una venda, del ciego de la noche. El despertar de la naturaleza, que mira a la ciudad, es todavía más silencioso que el de la ciudad misma. Ya no preside la luna, el milagro de la noche, ni su luz derrama descanso en el sereno retiro de sus almas.


La vida va rompiendo la misteriosa paz. El trabajo -grandeza del hombre- abre sus puertas a la luz del día. El estado del pensamiento se entrega a la acción del hombre. Y aquella frase paradógica de la elocuencia del silencio, más que todos los discursos -según frase de Montesquieu- va destruyéndose a medida que el núcleo de la vida donostiarra comienza con sus primeros ruidos, los primeros momentos de perturbación en la inteligencia del trabajo.


El silencio pitagórico va rompiéndose. La ciudad, que ha despertado con una alegría de oración, con alma mística, ha roto el sentido religioso del silencio. El pensador que escribe, ha puesto ya una lágrima en su dolor. El hogar ha quebrado su armonía. La verdad su reflexión. La tranquilidad su sosiego. Pero el silencio, nunca es negativo. Porque es la más fuerte preparación para sentir, para hablar y para vivir.


De ese silencio es el que la ciudad donostiarra ha sacado todas sus energías, para crear y desarrollar la Ciudad admirada. Ha sabido guardar aquel silencio, que da la verdadera pauta, para callar y después saber hablar a tiempo. Sin reticencias. Sin rutina y sin órgano destemplado. Porque ha hecho del silencio una virtud a través de los años. ¡Silencio bendito! Salmo de los dioses. Secreto de todos los amores. Alma de los templos. Padre pensamiento. Amigo de los santos. Compañero de los genios.


Vida que envía el Cielo. Abrazo de los poetas. Canto de la inspiración. Suspiro de ángeles. Celo de la pureza. Y enemigo terrible e irreconciliable del demonio y del ruido. Déjame que contigo sueñe y contigo viva, y todo mi pensamiento, con tu amor lo conciba. Como de niño pensaba, como de niño sentía, sin que nadie se acercara, sin que ninguno me llamara, Sólo tú, con un amor que el silencio me inspirara. El que llama a las plantas de una Virgen y la Virgen me escuchara, contestando a mi oración, con una mirada suya. ¡Oh silencio con que yo vivo, con las lágrimas más limpias, de tantas penas derramadas, que después son alegrías, porque son de una sonrisa, que el Cielo me enviara! ¡Silencio de las mañanas! ¿Por qué vivirán las ciudades con esos ruidos terribles? ¿Con esas llamadas de infierno, que despiertan en sobresalto; que arrancan del hogar, la paz y, que sus estridencias enferman el espíritu? ¿Por qué vosotras, ciudades de tranquilidad, de turismo, de vida y de amor al trabajo, consentís que el silencio se quebrante, con esas llamas de fuego, de bocinas estridentes, de pitos insultantes, de escapes abiertos, etcétera.


Si el silencio es aumento de vida y consuelo de paz, el ruido es una agresión a la salud; un verdadero delito de lesa tranquilidad, que toda ciudad busca para el bien espiritual de los hogares. Aumentar el silencio de las ciudades; cambatir el ruido sin piedad. Ese es el programa de actualidad en Gobiernos, Corporaciones y Ayuntamientos. Los hombres más equilibrados en el mundo de los heroismos, surgieron del silencio. Los espíritus serenos han sido compañeros inseparables del silencio. Toda nuestra ciudad de San Sebastián se ha construído en aquel silencio de hombres que pensaron dentro de sus edificios, en sus iglesias, en sus paseos y en sus reformas.


La iglesia de Santa María, sobre la mesa del silencio de los genios de la Compañía de Caracas; de contados feligreses y de unos párrocos de silenciosa santidad. La marcha triunfal de las ideas, han sido la consecuencia de horas, de incesante pensar en el silencio. Las tragedias clásicas son fruto del silencio. Los grandes escuadrones que esperan la voz del mando, para avanzar, se forman silenciosamente. La energía psíquica de los grandes hombres, se ha creado en el silencio. La misma elocuencia sagrada de los Santos, que conmovieron al mundo, se forjó en el silencio. Y decía Schiller que: el primer deber del ciudadano es el silencio. En cambio, ¿quién no se siente atormentado en sus horas de trabajo -como recientemente ha escrito un eminente doctor psiquiatra y escritor- por la barahunda callejera: bocinas, estrépito de camiones y tranvías, gramolas, etcétera.


Y no sin razón, el ruido perturbador del trabajo y del descanso, puede calificarse de delito similar a cualquier daño infligido a nuestra salud por un acto agresívo.


Si el ruido es la bullanga, el gamberrismo y el alboroto, el silencio es la paz del espíritu; vida que se alarga; sueño que se disfruta; misterio en que no se piensa; afirmación que no se discute; descanso que termina en la armonía; intervalo que aumenta en longitud y disminuye en tiempo. Por todo esto, ¡qué bello el silencio de las mañanas donostiarras! Cuando todo es quietud; nadie se mueve; el aire es puro; las estrellas nos dicen adiós; las primeras luces se divierten entre ellas, en la concavidad celeste; y se santiguan ante el amanecer; nadie grita; se fundamenta la estética de la ciudad; y el principio de la melodía va formándose a medida que se escuchan los primeros suaves sonidos del alba.


El aire se agita suavemente; balancean las flores; se mueven las hojas de los árboles; se sienten los primeros pasos del hombre. Y la vida comienza sin que se piense que aquel momento ideal es la primera acción del hombre; sin lucha; sin sufrimiento. Que nadie se la puede discutir, porque es el momento en que el disfrute es personal entre el ritmo y la palabra, único e indiscutible. Parece el principio de la creación.


Del balcón abierto de un piso de vecindad, se escuchan los compases del sonido de un violín. Quiebra el silencio primero de la mañana; pero es la música de un profesor, que dando lecciones a sus alumnos, cumple melodiosamente la sublime e incomparable ley del trabajo.


Pero la luz tiene ya abiertas todas sus claridades de expresión. La vida entra en acción. La ciudad ha terminado casi el silencio del amanecer, y con el pulso nervioso, lucha consigo mismo para saludar tembloroso, sombrero en mano, al portador del día, abriendo sus puertas al enemigo más terrible, que llega con todas los ruidos que pretenden acabar con la salud de la misma humanidad. Han entrado los borriquillos con sus marmitas de leche. Rueda el primer coche con caballos al trote. Se abren los mercados. Se limpian las aceras de las calles. Canta el reloj las horas. Doña María y doña Leonor abren el primer balcón de la habitación donde han descansado. Vendedores de periódicos vocean a través de las calles «La Voz», «La Constancia», «La Unión Vascongada»... (¹)

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(1) Este capítulo lo escribí el día 4 de noviembre de 1951, y recitado después por Radio San Sebastián. He sentido la intima satisfacción de que el excelentísimo Ayuntamiento de San Sebastián, en sesión plenaria del 4 de junio de 1952, tomase el acuerdo de crearse una Zona de silencio. Porque era ya hora de que los ruidos de todo calibre terminasen, en la tranquilidad de una Ciudad de la más álta categoría